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Año: 2004

Día de meditación

Día de meditación

Hay días que me pongo a meditar. ¿Lo has hecho alguna vez? Anualmente, una semana después de pasadas las fiestas de Navidad. Cuando no hay nada especial que hacer, y por eso se convierte en un momento especial. El primer día en que, por fin, cada cosa regresa a su estado rutinario normal. Los familiares han vuelto a sus casas. También las Navidades han venido y se han ido, y como quiera que sea que hayan sido -buenas, malas, indiferentes-, ya se han acabado. Ha pasado el día de Navidad, el día de Año Nuevo y finalmente el de Reyes, y tanto si te has ido de juerga como si simplemente te has metido en la cama, ya ha finalizado todo. Todo ha quedado limpio ya de la porquería que siempre se produce en vacaciones, la casa está ordenada y las sobras han ido a parar a la basura. Es demasiado pronto para ponerse a preparar el viajecito de verano y demasiado pronto también para irse a tomar el sol a la playa.
Pero no puede decirse que se trate de un tiempo perdido por completo. Una tarde de domingo que dediques a pasear por tu barrio te informará de que la vida sigue su curso. Una mirada más detenida te muestra los brotes de la existencia de otra primavera a punto de aparecer en los árboles y, en la profundidad de sus lechos, los narcisos y los almendros sienten que algo comienza a moverse bajo sus pies. Y eso lo sabes porque tú mismo sientes que algo bulle también en tus propias raíces. Y los días son ya más largos.
Meditar no es cavilar, ni sentir, y ni siquiera meditar en el sentido religioso de la palabra. Es maravillarse a un nivel más profundo.
Este año me quedé maravillado la tarde del ‘Día de Meditación’.
Me puse a pensar en las chicas con las que había estado hacía tiempo. ¿Dónde se encontrarían ahora? ¿Qué aspecto tendrían? ¿Me habría perdido algo bueno? ¿Qué sucedería si intentara localizarlas y hacerles una llamada? (‘Hey, soy yo.’ ‘¿Quién?).
Me puse a pensar en aquella gente que todavía no lo saben, pero que no estarán ya aquí por estas fechas el año que viene para meditar. Si ya lo supieran ahora, ¿les ayudaría eso en algo? ¿Y qué pensar de todos esos niños que estarán aquí en esta misma época del año venidero, pero que, por el momento, no son más que un deseo de los padres?
Me puse a pensar en toda esa gente encerrada en la cárcel y torturada, sobre todo en aquellos que han sido castigados injustamente. ¿Tienen esperanzas?
En algún lugar del recorrido por ese camino de las cavilaciones del ‘Día de Meditación’, comencé a hacer pactos secretos conmigo mismo. Aquella clase de cosa que no cuentas a nadie porque no quieres que te pillen haciendo algo tan ridículo como los propósitos del Año Nuevo. Conservas este material en tu interior para no ser sorprendido en un renuncio, y que después no hagas aquello que has dicho que ibas a hacer. (Una vez confeccioné una lista con todo lo bueno que había realizado el año que acababa de finalizar y, a continuación, la expresé en forma de ficha de propósitos y le puse una fecha ya pasada. Eso sí que es hacer las cosas bien. 8-))
Cuando medito, recuerdo siempre los días pasados en el instituto. La vuelta al instituto la primera semana después de las vacaciones navideñas, prometiéndome secretamente a mí mismo que, ese año, iba a hacer las cosas mucho mejor. Y, ciertamente, las hacía mejor durante unos cuantos días. Nunca continuaba haciéndolas mejor -existen tantas maneras de distraerte cuando eres jovencito-, pero, al menos durante unos cuantos días -unos cuantos días de esperanzadora posibilidad había demostrado que, en efecto, podía hacerlas mejor. Si quería.
Ahora, pasados los treinta, en un momento de la experiencia en que se tiene un poquito de cuidado, en que todo es más incierto y uno se vuelve reflexivo, casi inconscientemente me prometo lo mismo. Podría hacerlo mejor. Y los políticos y el Papa y el resto de la Humanidad. Lo podríamos hacer mejor.
Me estoy acordando ahora de un cuento que oí sobre un hombre que encontró el caballo del rey y, como no sabía que era el caballo del rey, se lo quedó; pero el rey dio con él, lo arrestó e iba a ajusticiarlo por robar el caballo. El buen hombre trató de explicarse y dijo que aceptaría gustoso el castigo, pero ¿sabía el rey que podía enseñar a hablar al caballo y, de esta manera el rey se convertiría en un señor más poderoso, con un caballo que hablaba y todo? El rey pensó muy bien lo que podía perder y le concedió un año de plazo. Bueno, los amigos del buen hombre pensaban que estaba loco de remate. Pero el hombre les dijo: ¿Quién sabe?; el rey puede morir, yo puedo morir, el mundo puede acabarse, el rey puede olvidarse. Y a lo mejor, quizá, quizás, el caballo, pueda aprender a hablar.
Siempre debemos creer que puede pasar cualquier cosa.
Ésa es la razón por la que, cuando me preguntan dónde he estado, siempre digo: ‘Ah, hablando con un caballo.’ Así doy materia para meditar.

El mar y yo

El mar y yo

 

De este lado está el mar. El de la infancia, el grande, el inmenso mar. Del otro lado quedo yo, mis miserias, mis grandezas, yo. Cae una lluvia fina que pincha en la piel, pero los míos no se preocupan de las cosas que os preocupan a vosotros, a los míos sólo nos importa el mar, grande inmenso; se me mojan las manos, el pelo que se pega a la espalda, la cara, los ojos, pero no me doy cuenta. Aquí enfrente está el mar, detrás mía el mundo, y en medio, yo.
Al otro lado del mar tú.
No sé dónde tengo que ir. Giro la cabeza, el mundo, enfrente el mar (el grande, el inmenso, el ingente) y detrás de él, tú. Me siento en la arena, las rodillas hacia delante, el cuerpo ladeado, o ha dejado de llover o he dejado de notar la lluvia, no sé dónde tengo que ir. Detrás el mundo, la gente camina tranquila, que ya se está ocultando el sol, tengo ganas de acercarme, de volver con ellos, de leer su libro de nombres y olvidarme del mar y de ti, ‘estás hecho de agua’, me dijiste, ‘si te alejamos del mar te vas a ahogar y a secarte’. Aliso la arena con una mano y con la otra escribo sobre ella, letras al azar, arabescos, símbolos sin sentido…
Se acerca un pescador, que en estos casos es lo frecuente, aquí se pesca de noche. Planta la caña, deja el cubo del cebo, ceba el anzuelo, lanza la caña. Me gustaría saber dónde quiero ir.
Me mira, se acerca y me pregunta por el nombre. El nombre. Mi nombre. Cómo quiere que lo conozca si ni siquiera sé dónde hay que ir, insiste en la pregunta con la mirada, yo tengo el estupor de no poder contestarle, miro el mundo, miro el mar, y como no sé dónde ir, agito un par de veces mi alas suavemente y me alejo volando.

Mensaje de borrador

Mensaje de borrador

En este mensaje de borrador que voy a reciclar, hay cosas apuntadas sobre ‘las luces y el color del cielo’, que casi no recuerdo a santo de qué iban, quizás era recordando cómo me sorprendió el cielo de Helsinki, no pensé que fuera a ser tan hermoso.
La última cosa apuntada que reciclo es la pregunta «¿Dónde está la felicidad?» algunos dicen: ‘La felicidad está en saber lo que se quiere… Yo no sé donde esta la felicidad, no me parece que esté en saber lo que se quiere. Supongo que no eres feliz hasta que lo alcanzas y cuando lo alcanzas ya estás queriendo otra cosa. Sin embargo, intento seguirle el rastro a la felicidad. Creo que quiere llevarme por un sendero diferente: la felicidad está en saber lo que se tiene, en detenerse, dejar de pensar por lo que no se tiene o no se es, y mirar alrededor…
Leí en un prólogo hace tiempo que un Califa de Córdoba escribió en sus memorias: ‘Y fui feliz catorce días…’ luego dándose cuenta de su exageración añadió: ‘… no seguidos.’ He estado meditando sobre el asunto y la verdad, no me puedo quejar, la vida no me ha maltratado mucho, sólo lo justo para poner en su sitio las cosas importantes.
La felicidad creo que va de la mano de la paz interior, las cosas no dan felicidad, las personas a menudo dan preocupaciones. La felicidad está en uno mismo y hay que saber descubrirla con paciencia, conocerse y admitir las limitaciones que uno tiene, mirar hacia delante. ‘La capacidad de experiencia’, disfrutar de las pequeñas cosas, sorprenderse siempre.
La muerte no me preocupa, al menos la mía, no creo que merezca la pena derrochar esfuerzos en algo que no se puede controlar, bastante tengo con vivir que, a veces es difícil y a veces es estupendo. Hay que aprovechar y disfrutar cada momento mientras el tiempo pase y corra el minutero del reloj. Me preocupa más, en este aspecto, la pérdida de alguien querido, ya sea por accidente o por abandono. Es otra forma de muerte no menos dolorosa.

Pocas cosas

Pocas cosas

A continuación os transcribo mi poema favorito. Como no podría de ser de otro modo su autor es Mario Benedetti 🙂

En este mundo hay tan poquitas cosas
capaces de endulzarle a uno la vida
digamos la esperanza amanecida
o la lluvia que brilla en las baldosas

me gusta la constancia de las rosas
que nunca dan su espina por perdida
y también la tristeza repetida
de las palmas tan solas y orgullosas

pero no hay nada tan profundo y leve
como el alma y el vértigo y los labios
de esa mujer que al verla nos conmueve

para ser alguien entre cielo y suelo
y salvarse del odio y sus resabios
nada como el amor y su consuelo.

Por si las moscas…

Por si las moscas…

San Agustín se confesaba ignorante respecto a la razón de Dios en crear a las moscas. Lutero resolvió más atrevidamente que habían sido creadas por el diablo, para distraerlo a él cuando escribía buenos libros. Esta íntima opinión es ciertamente plausible.

Alma swahili

Alma swahili

 

Ayer leí una cosita que me gustó bastante y que me hizo reflexionar. Explica Abdullah -desde su punto de vista cultural swahili- que su cultura multirracial -los swahilis es una etnia cuyos orígenes provienen de árabes, somalíes, bantúes, etc- se le podría comparar a un viaje en circulo, es decir una civilización circular. Él se considera un hombre circular, ya que nunca quiso ir a un punto en el horizonte, al contrario de lo que hacen los europeos, siempre obsesionados por el futuro, empeñados en llegar siempre a alguna parte. El alma swahili vuelve siempre sobre sí misma, galopando sobre los monzones. Salen del pasado y vuelven al pasado después de darse una vuelta por el futuro. Los occidentales son distintos: gastan su vida destruyendo el pasado y cuando alcanzan el futuro ya están viejos y cansados. El hombre es sólo memoria y regreso.
Como reflexión no está nada mal. Creo que en parte tiene razón. Como integrante de una sociedad occidental no tengo muy claro adónde vamos a llegar con este progreso que nos empuja continuamente sin tregua. Hay cosas que corren más que nuestro propio desarrollo intelectual y si no llegamos a digerir todo lo que nos arrojan, difícilmente conseguiremos una perfecta armonía con nuestro entorno social. Tenemos que estar continuamente luchando, abriéndonos paso, consumiendo, sin darnos tiempo a pararnos durante unos instante y reflexionar sobre el camino recorrido.

Bricando de estrella en estrella

Bricando de estrella en estrella

Cuando las ciudades se llenan de recuerdos es espantosamente bello, pues es entonces que puedes respirar aires antiguos y llenar el alma de dulces memorias. Y tienes la oportunidad de tocar tu piel con suelos recorridos, con texturas provocadas por el pasado. Había una vez una cascarita de naranja… pedazo de cielo. La serena aceptación de lo que es… Que serena la noche, que sereno el viento y el frío dulzón que juega con mi cabello y mis ojos correteando por mi espalda y nadando entre los dedos de mis manos.
Tranquilidad y sosiego. Ando pero no estoy, pues navego brincando de estrella en estrella…

Loca de amor

Loca de amor

Parado en una esquina se encontraba el hombre más bello del mundo. Los ojos azules como el cielo eran un relámpago en la oscuridad. Su sonrisa acababa la tristeza de los afligidos. Su piel dorada como la arena irradiaba la suavidad de la seda. Su cuerpo duro como el acero, congeniaba con un corazón tan tierno como el de un bebé recién nacido. Esa fortaleza exterior no ocultaba el melado que llevaba por dentro. Ese físico tan perfecto, y esa alma tan noble, hacían realidad todos sus sueños. Sin poder soportar tanta belleza, cayo postrada a sus pies enloquecida de amor.

Coleccionar cualquier cosa

Coleccionar cualquier cosa

 

Tengo un terrible defecto. Puede que sea una virtud, quizá para unas cosas sea una virtud y para otras sea un gran defecto. Guardo cosas… lo guardo todo. No, no es que vaya por ahí recogiendo cosas de los contenedores. La «boutique de noche» que llama un amigo mío. Pasa uno toda la vida guardando cosas. Acumulándolas. Libros, discos, apuntes, fotos, ropa, revistas… un montón de cosas que lo ocupan todo y parecen muy importantes. Llevo muchos años introduciendo registros en una base de datos hecho para tal propósito: mi colección de discos, libros, sellos, etiquetándolo todo, y…
¿Recuerdas la época en la que coleccionabas recortes de cine? o ¿pegatinas? o ¿cualquier cosa como el más preciado tesoro? y años más tarde, un día, te pones por cualquier motivo a sacarlo todo, a embalarlo, y descubres que todo eso no es importante, que lo que hace que te de un vuelco el corazón es un trocito de papel con unas palabras escritas cuando eras crío, o un collar hecho de semillas de aquel verano hace tantos años, o una postal que te envió un amigo desde Praga.

Si tuviera que salir corriendo porque mi casa ardiera, cogería a… no lo sé. Y las cosas que echaría de menos, mis cosas favoritas serían esas pequeñas cosas irremplazables y lo demás lo tiraría gustoso preferiblemente con una catapulta.

Permanencia vital

Permanencia vital

Es extraño ver como pasa la vida, y como hay cosas que antes fueron vitales, y hoy, sencillamente, no son nada. Sin embargo hay otras, que a pesar de que el reloj no detiene su marcha, siguen ahí, y permanecen hasta este momento conmigo; a pesar de todo, sigo soñando, y estoy convencido de que, de esos grandes sueños nacen esas realidades, que se agigantan mientras, como puedo, voy tratando de vivir intensamente.