Navegando por
Año: 2004

Soñar en colores

Soñar en colores

Esta noche pasada soñé en colores. No recuerdo bien de que trataba el sueño. Apenas vislumbro retazos de mi infancia. Los recuerdos se van borrando. A veces recuerdo el recuerdo del color, pero no el color mismo. ¿Tú te acuerdas de todo lo que aconteció cuando tenías seis años? ¿No te pasa que a veces recuerdas algo que ocurrió, pero no como evocación directa de tu memoria, sino porque el episodio viene siendo repetidamente narrado, a través de los años, por tu madre o por tu padre? Al final, asumes tu papel como protagonista de esa historia contada, pero no desde el interior de ese protagonismo que alguna vez tuviste.
No obstante, no estoy seguro de ver los sueños. Bueno, no sé si veo o creo que veo. Además, no siempre sueño en colores. Lo que ocurre es que cuando despierto, tengo conciencia de que soñé con colores, pero no sabría decir cuál es el rojo, el amarillo o el verde.
Siempre me he preguntado qué sueñan los ciegos de nacimiento. ¿Soñarán en colores?
De todas maneras, no siempre el mejor cine está en tecnicolor.

El rostro del transeúnte desconocido

El rostro del transeúnte desconocido

Era tan triste el rostro del transeúnte que venía a mí encuentro, que en el tiempo de recorrer algunos metros hacia mí, grabó en el mío dos arrugas profundas… duras arrugas sumidas en el más deprimente infortunio, de las que ya no puedo deshacerme.
Mi vida, modelándose desde entonces contra mi voluntad sobre la marca de este pasado terrible, ha cambiado, transcurriendo ahora en compañía de gentes agobiadas y miserables, o bien, mezclada a dramas aplastantes que no me habían sido destinados, hace que me deslice y me pierda… sólo por haberme dejado sorprender un día en la calle por un rostro atacado por la más profunda desgracia.

Un microcuento de Henri Michaux

Orión

Orión

Cuando es de noche y paseo por la calle, siempre trato de mirar al cielo. Las noches invernales son las más preciosas de todo el año, y una de mis constelaciones favoritas es Orión. De manera clarísima se levantan las dos estrellas de los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, las tres estrellas del cinto y las dos estrellas de los pies, de las cuales la de la derecha se llama Rígel. En la antigua leyenda griega, el cazador Orión tenía fama de poder vencer a cualquier fiera. Debido a ello, entre él y el Escorpión se desató una dura batalla. La leyenda continúa relatando que Ulises, durante su viaje a los infiernos, se encontró con el gran cazador Orión, quien lo condujo donde se hallaban los gigantes de la antigüedad Otos y Ephialtes. Se consideraba que éstos habían sido, después de Orión, los gigantes más bellos que jamás habían existido. Orión era considerado también como un gran caminante y, gracias a su enorme fuerza, como un gran benefactor de la Humanidad.
Bueno, pues ésa es un poco la mitología de Orión. Esto viene a colación porque a pesar de que el día este nublado o no haya más que negros nubarrones que no dejen ver ni la luna o tan sólo un pálido reflejo de su brillo, la realidad, a pesar de todo, nos dice que la noche está estrellada y que detrás de cada gran nube, hay infinidad de estrellas que titilan a modo de simpáticos guiños.
Mi afición por mirar las estrellas me levanta sentimientos de soledad, de sentirme irreal en un mundo perdido. Cuando estás aquí, tan solo, te da tiempo a pensar en muchas cosas. A veces es un peligro ceder a la tentación de perderte por los infinitos vericuetos de tu mente, pero siempre suele ser conveniente dedicarte unos pocos minutillos al día. Es una pena que tal como va la vida, casi no te quede tiempo para ti mismo, para tener una pequeña parcelita de soledad que, si es en el momento apropiado, puede ser muy aconsejable.
Hay un fragmento precioso de Juan Salvador Gaviota, que refleja bastante bien el ánimo un tanto apesadumbrado pero con las esperanzas intactas, al cual me refiero.
‘…Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando enseguida de donde habíamos venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo el momento presente… Elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido en éste. No aprendas nada, y el próximo mundo puede ser igual…’

Incertidumbre

Incertidumbre

-¿A quién echarle la culpa de esta terrible situación? ¿A los dioses? ¿A mis padres?… Yo no puedo saberlo. Sin embargo, lo cierto es que esta incertidumbre me tortura, me mata. Y lo peor del caso es que pasan los años… y ¡nada! ¡ni la mujer, ni la yegua! ¡Qué horrible es ser centauro!

Las formas

Las formas

Durante una tormenta cayeron del cielo, entre la lluvia, todas las formas del mundo. Se mojaron, se ablandaron, se deformaron y se confundieron unas con otras. Un león ahora con forma de foca se arrastró por la hierba hasta que se cansó y se detuvo a morder margaritas. Un pararrayos ahora con forma de golondrina alzó vuelo y fue atrapado por un halcón que antes había sido una goma de borrar. Un niño ahora con forma de diccionario se deshojó un rato bajo la lluvia, y fue luego una pasta amarillenta. Un buey ahora con forma de cámara fotográfica hizo clic, clic, y se echó a andar hacia el norte magnético, ahora con forma de serpiente enroscada en un árbol. Una estrella fugaz que antes había sido un campanario trató de alumbrar un instante, pero se lo impidió la lluvia tenaz. Un coche que ante había sido un tiburón atropelló un telescopio que antes había sido una cáscara de banana. Un reloj que antes había sido un cruce de carreteras dijo cucú, cucú. La lluvia cesó y salió el sol. Las nuevas formas se secaron despacio, y cuando estuvieron bien firmes se separaron unas de otras y tomaron distintos caminos, asumiendo sus nuevos papeles. Una cosa eternamente informe, que por lo tanto no había participado en la metamorfosis, pero que había observado fascinada desde un bosque cercano, no se pudo contener y pensó un largo pensamiento informe.

Lujuria

Lujuria

¡Me encanta la lujuria! Bueno, tras este comienzo arrollador, lo que quiero decir que para mí la lujuria es algo estupendo. Al menos, claro, desde mi humilde punto de vista. En teoría, la lujuria es uno de los siete pecados capitales, pero yo nunca lo he visto como algo malo, porque creo que la lujuria fomenta la alegría y las ganas de vivir de las personas, y eso nunca puede ser malo, ¿no?
Vale, la palabreja es posible que esté asociada con ideas más negativas, pero es que no se me ocurre otra palabra que pueda sustituir ese concepto (además, cada uno le da a las palabras el sentido que prefiere, sobre todo cuando no se tiene muy claro qué representa exactamente la palabra en cuestión).
Creo que la lujuria es vida, o más bien, ganas de vivir. En realidad, cuando sales con los amigos y te diviertes, eso es en cierto modo lujuria. O te tomas una cervecita especial, que cuesta un mucho conseguirla, de las que salen en las series de televisión. Eso es lujuria. O cuando das un paseo por la playa, sintiendo el viento en la cara, y viendo las olas romper contra el malecón… O cuando estás con tu pareja y te dedicas a escucharle, a hacer planes, a mirar en la misma dirección, eso también es lujuria. Todo lo cotidiano tiene un componente lujurioso que sólo tenemos que buscar, y que podemos encontrar nosotros mismos, solos. Compartir este tipo de cosas hace que la lujuria adquiera un nuevo significado.
!Y todo esto sin hablar de sexo! Entonces sí que me quedo sin palabras, porque la lujuria en el sexo (y también fuera de él) es mágica, siempre buscando cosas nuevas, pero siempre teniendo en cuenta los deseos de la otra parte, siempre pensando en compartir, en desarrollar una cierta complicidad entre los dos.
La lujuria, al final, es un juego que nunca se juega dos veces de la misma manera; un juego innovador, que no cansa, que une, que te divierte. Vamos, que es algo de lo que hay que estar orgulloso y que hay que practicar a menudo. ¡Viva la lujuria!

La velocidad del tiempo

La velocidad del tiempo

 

Donde hay mucha gente el tiempo pasa más rápido. Para empezar, en el espacio vacío el tiempo no pasa, se queda quieto. Si introducimos allí una partícula de materia (una hormiga, un electrón, un alfiler), el tiempo empezará a moverse. Porque cada trozo de materia, por pequeño que sea, actúa como un acelerador de tiempo. Al agregar más partículas (otra hormiga, un puñados de alfileres, etc.) el tiempo correrá más rápido. Si en nuestro espacio introducimos un sistema complejo, formado por muchas partículas, como puede serlo una pareja de humanoides, un aljibe, dos o tres macetas con geranios, el tiempo adquirirá una velocidad considerable. Y así llegamos al caso de las grandes urbes, donde se han introducido millones de criaturas, automóviles, edificios, semáforos, etc. El tiempo pasa aquí a tal velocidad que prácticamente ya no se puede vivir.

El aviador imaginario

El aviador imaginario

El aviador imaginario miró a su alrededor. Desde los cielos de fantasía todo se veía distinto. Las personas casi no se distinguían en la tierra. Y en cierto sentido eso le reconfortaba. Huir del mundanal ruido de vez en cuando no estaba mal.
De pronto entro en una nube, y como imaginario que era se disolvió y desapareció para siempre.

Un puntito en el Universo

Un puntito en el Universo

 

¿Sabes exactamente dónde estás ahora? Estás en una ciudad, junto con mucha gente y en este momento existe una gran posibilidad de que muchas personas abriguen en sus corazones las mismas esperanzas y desesperanzas que abrigas tú.

Sigamos: eres un puntito microscópico en la superficie de una esfera. Esta esfera gira alrededor de otra, que a su vez está localizada en un lugar de una galaxia, junto con millones de esferas semejantes.

Esta galaxia forma parte de una cosa llamada Universo, llena de gigantescas aglomeraciones de estrellas. Nadie sabe exactamente dónde comienza y dónde termina eso que llaman Universo.

A pesar de todo, eres lo máximo. Luchas, te esfuerzas y tratas de mejorar. Tienes sueños. Estás alegre o triste o indeferente. ¡Qué maravilloso es vivir! ¡Y sentirse amado!

Demostración de Leinbach

Demostración de Leinbach

 

Las calles estaban casi desiertas. El reloj de un campanario dio las dos.
Qué bueno, pensó, que no tenga que ajustarme todavía a un horario de oficina, y que mañana pueda dormir hasta tarde. Caminó rápidamente, con seguridad, tarareando para sí. Al final empezó a cantar con una voz baja y poderosa que le pareció ajena. Quizás no sea yo, efectivamente. Quizás esté soñando. Quizás sea éste mi último sueño, ¡el sueño del que yace a punto de morir!. Recordó una idea que, años atrás, había expuesto Leinbach con bastante seriedad y vigor ante una gran audiencia. Leinbach había descubierto una prueba de que la muerte en verdad no existe. Está fuera de duda, había declarado, que no sólo los que mueren ahogados sino todos lo que mueren de la forma que sea, reviven toda la vida pasada a enorme velocidad.
Esta vida recordada debe tener también un último momento, y este último momento su propio último momento y así sucesivamente, y por lo tanto, el morir ya es en sí mismo la Eternidad, y por lo tanto, de acuerdo a la teoría de los límites, uno puede acercarse a la muerte pero nunca puede alcanzarla.