Badarou, tecladista beninés, compuso esta pieza que evoca un ambiente etéreo y místico inspirado en las montañas Dachstein de los Alpes austriacos, con un toque de inocencia y juego reflejado en el poema de Marianne Faithfull: «Delight in Life, in play and open heart…».
Usó Yamaha TX-816 para motivos de cuerdas, samples vocales de Laura Weymouth (Tom Tom Club), flauta y violín de Emil Schult, sin batería ni bajo para un sonido puro y armónico.
Grabado en su estudio casero computarizado, fue uno de los primeros álbumes totalmente digitales, escapando del funk de su hit «Echoes».
¡Algunos la propusieron como himno europeo rival de Beethoven! Usada en campañas políticas francesas y confundida con el himno del Bicentenario de 1989.
¡Una pastoral moderna que eleva el alma!
El Enigma de la cabra atada al granero rectangular
Imagina un granero rectangular con lados de longitud $a = \sqrt{50}$ metros (el lado largo) y $b = \sqrt{18}$ metros (el lado corto). Una cabra está atada exactamente en una de las esquinas del granero con una cuerda de longitud $L = \sqrt{50} + \sqrt{18} + \pi$ metros. La cabra no puede entrar al granero (las paredes son impenetrables), pero la cuerda puede deslizarse y envolverse alrededor de las esquinas adyacentes si es lo suficientemente larga. El terreno alrededor es un plano infinito y plano. Calcula el área exacta (en metros cuadrados, en términos de $\pi$ y radicales) que la cabra puede pastar, considerando todas las regiones accesibles: la zona inicial en forma de sector circular, las extensiones cuando la cuerda se envuelve alrededor de uno o ambos lados adyacentes, y cualquier superposición o substracción debida a la geometría asimétrica del rectángulo. Demuestra que esta área es independiente de ciertas simetrías esperadas, destacando un aspecto recreativo sorprendente: el área total incluye un término que se simplifica de forma casi ‘mágica’ a un múltiplo entero de $\pi$.
Erika Fatland, antropóloga noruega y poliglota con dominio del ruso entre otros siete idiomas, emprende un periplo de veinte mil kilómetros a lo largo de los catorce países que limitan con Rusia. Este relato de viajes, que supera las 500 páginas, no se limita a descripciones superficiales, sino que indaga en cómo la proximidad geográfica con el gigante euroasiático moldea identidades nacionales, economías y tensiones políticas, tejiendo un tapiz donde la historia soviética y postsoviética actúa como hilo conductor. Fatland inicia su narración de manera no lineal, sumergiendo al lector en la etapa final: un crucero por el Paso del Noreste a bordo de un buque neozelandés, navegando la costa ártica rusa, donde el hielo perpetuo y las restricciones burocráticas revelan la vastedad inhóspita y el control estatal. De ahí retrocede abruptamente a Corea del Norte, el punto de partida real, donde las visitas guiadas obligatorias y la propaganda omnipresente ilustran el aislamiento extremo, contrastando con la fluidez cultural en fronteras como la noruega, su país natal. A lo largo del trayecto, Fatland entrevista a disidentes, académicos y ciudadanos comunes, alterando nombres para protegerlos en regímenes opresivos como Bielorrusia o Turkmenistán. Sus encuentros destilan humor y empatía, como en Kazajistán, donde el cosmódromo de Baikonur evoca la era espacial soviética, o en Ucrania, donde presagia tensiones que estallarían en 2022 con la invasión rusa, recordando la anexión de Crimea en 2014 y las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk. La autora entrelaza anécdotas personales con análisis etnográficos, destacando disparidades: desde la homogeneización fallida del islam checheno hasta la corrupción en las repúblicas centroasiáticas, herederas de su previo «Sovietistán» (2015). El libro brilla en su accesibilidad: Fatland equilibra historia con narrativa vivaz, evitando excesos académicos que podrían ahogar el ritmo, ideal para lectores que prefieren contextualización concisa sobre tratados exhaustivos. Sin embargo, las secciones históricas pecan ocasionalmente de enumerativas, listando eventos sin suficiente dinamismo, lo que diluye la concentración en pasajes sobre conflictos como la guerra de Chechenia. Además, algunos críticos detectan un sesgo xenófobo sutil en sus juicios sobre culturas «de fila» versus «de relleno», revelando una intolerancia cultural pese a su experiencia global, lo que podría alienar a lectores sensibles a perspectivas eurocéntricas. Aun así, su prosa fluida —potenciada por una traducción impecable— y el enfoque novedoso en la periferia rusa lo convierten en una lectura imprescindible para entender las fracturas geopolíticas actuales, especialmente en un mundo post-Ucrania. Recomendado para viajeros intelectuales que busquen más que guías turísticas: una disección técnica de fronteras como cicatrices vivas.
La Inquietante consecuencia de un Universo sin Observadores
En un audaz salto conceptual, la física teórica moderna, animada por los avances en la comprensión de los agujeros negros, ha dirigido su atención hacia el estudio de universos enteros. Este escrutinio, que busca conciliar las reglas de la mecánica cuántica con la gravedad, ha desvelado una paradoja cósmica que está forzando a los físicos a cuestionar uno de sus supuestos más sagrados: la posibilidad de una descripción objetiva y autónoma de la realidad. El enigma surgió en 2019, cuando investigadores, aplicando los complejos formalismos de la gravedad cuántica, analizaron un universo cerrado que, si bien era teóricamente posible, chocaba frontalmente con nuestra experiencia. El cálculo arrojaba un resultado desconcertante: el universo solo admitía un único estado posible. Tan simple era su contenido que podía describirse sin transmitir ni un solo bit de información, careciendo de la complejidad necesaria para albergar estrellas, planetas y, crucialmente, personas. Como señaló Rob Myers, este resultado matemático entra en conflicto directo con la rica complejidad que observamos a nuestro alrededor.
La Fórmula de la Isla y el Cosmos-Lata La herramienta clave detrás de este hallazgo es el concepto de holografía aplicado a la gravedad cuántica, popularizado por Juan Maldacena hace casi tres décadas. La correspondencia AdS/CFT (Antide Sitter/Teoría de Campo Conforme) postula que un universo con una geometría peculiar («anti-de Sitter», a menudo visualizada como una lata de conserva) es equivalente a una imagen plana proyectada en su frontera. Todo lo que sucede en el interior tridimensional se refleja en las sombras de la superficie, un concepto que ha sido vital para resolver misterios como la pérdida de información en los agujeros negros a través de la fórmula de la isla. Sin embargo, nuestro universo real no es un cosmos-lata; su expansión implica que no tiene frontera y podría tener una geometría cerrada (donde un viajero podría regresar al punto de partida). Al aplicar la fórmula de la isla a este tipo de universo cerrado —el más parecido a nuestro posible hogar— Maldacena y sus colegas encontraron una pizarra en blanco: el universo carecía de información.
El Espacio de Hilbert y la Esterilidad Cuántica Para los físicos, la complejidad de un sistema cuántico se mide por el número de dimensiones en su espacio de Hilbert; cuantas más dimensiones, más estados puede codificar. Los sistemas reales, como un átomo de hidrógeno, poseen un número infinito de estados. Por lógica, un universo entero también debería tener un espacio de Hilbert infinito-dimensional. La paradoja es que los cálculos sobre el universo cerrado arrojaban sistemáticamente un espacio de Hilbert de una sola dimensión. No había información. Todo el universo solo podía existir en un único estado cuántico. Como subraya Edgar Shaghoulian, es una contradicción evidente para quienes observan infinitos estados desde su escritorio.
La Solución: La Naturaleza Subjetiva del Cosmos Ante esta esterilidad matemática, la solución propuesta por teóricos como Shaghoulian, y posteriormente formalizada por Ying Zhao, Daniel Harlow y Mykhaylo Usatyuk del MIT, es audaz y contraintuitiva: la complejidad del universo solo tiene sentido si hay un observador. Shaghoulian notó una analogía con las teorías de campo topológicas, donde la complejidad solo emerge al dividir el espacio en zonas. Propuso que esta división en el cosmos cerrado podría ser introducida por un observador. El equipo del MIT demostró en 2025 que al modelar al observador como una nueva clase de frontera (no el borde del universo, sino el límite privado del observador), la complejidad del mundo regresaba al universo cerrado. Si esta idea resiste el escrutinio, supone un cambio de paradigma: la visión tradicional de la física busca una descripción objetiva, ‘desde ninguna parte’. Pero la única forma de que un universo cerrado albergue la riqueza que vemos es si se le añade un observador. La terrible consecuencia de un universo sin observadores es que, en principio, es incapaz de existir de una forma compleja y significativa, sugiriendo que las únicas visiones posibles de la realidad son siempre visiones desde algún lugar.
La primera novela del Ciclo Hainish, introduce un universo interplanetario donde etnólogos de la Liga de Todos los Mundos exploran culturas alienígenas con precisión antropológica, fusionando ciencia ficción especulativa con ecos mitológicos. La narrativa se inicia con un prólogo independiente, «El Collar», que reinterpreta el mito de Brísingamen de la diosa Freya: Semley, una noble de piel oscura y cabello dorado en el planeta Fomalhaut II, emprende un viaje interestelar para recuperar una joya ancestral perdida, cruzando barreras temporales relativistas que la separan trágicamente de su era. Esta sección, originalmente un cuento corto, despliega una economía narrativa magistral, condensando temas de pérdida cultural y el costo del progreso tecnológico en apenas unas páginas. La trama principal pivota hacia Gaverel Rocannon, el etnólogo hainish que Semley encuentra en su odisea. Años después, Rocannon regresa al planeta para un estudio etnográfico, pero rebeldes galácticos destruyen su nave y equipo, dejándolo varado. Sin comunicación FTL, emprende una epopeya transcontinental para infiltrar la base enemiga y usar su ansible —un dispositivo de comunicación instantánea que Le Guin inventa aquí, influyendo en autores como Orson Scott Card— para alertar a la Liga. Acompañado por nativos como el señor Mogien y criaturas aladas como los windsteeds (híbridos improbables de pegaso y tigre, capaces de transportar múltiples jinetes), Rocannon navega un paisaje geológico detallado: montañas volcánicas, mares tormentosos y sociedades feudales reminiscentes de Tolkien, con especies humanoides diferenciadas —los clayfolk subterráneos, los fiia etéreos y los liuar guerreros— que interactúan en dinámicas de alianza y conflicto. Le Guin construye un marco ecológico y cultural riguroso, donde fenómenos como la telepatía selectiva se exploran como extensiones evolutivas plausibles del cerebro, no como magia arbitraria, aunque su viabilidad científica permanezca en zona gris, evocando especulaciones de los años 60 sobre proyecciones mentales. La novela equilibra acción épica con introspección psicológica: Rocannon evoluciona de observador distante a participante inmerso, cuestionando identidades culturales y éticas del intervencionismo galáctico. Elementos como el impermasuit —un traje impermeable a balas y radiación, pero potencialmente asfixiante, como Le Guin admitiría después— anclan la fantasía en lógica especulativa. La obra brilla en su integración de tropos fantásticos (castillos, quests heroicos) con fundamentos científicos, pero adolece de un sesgo patriarcal no interrogado: sociedades dominadas por varones, con roles femeninos marginales, que contrastan con la diversidad galáctica y limitan la exploración de géneros reproductivos en especies novedosas. Esta omisión, contextualizada en el mercado editorial de 1966, diluye el potencial antropológico; una revisión podría expandir perspectivas queer o no binarias, como en La mano izquierda de la oscuridad. Aun así, sus 112 páginas destilan una profundidad emotiva, culminando en reflexiones sobre la humanidad en el cosmos que provocan lágrimas y contemplación, haciendo de esta novela un pilar subestimado del ciclo, ideal para lectores que valoran la etnografía especulativa sobre explosiones láser.
Lem. Una vida fuera de este mundo de Wojciech Orliński
Biografía minuciosa y reveladora de Stanisław Lem, construida a partir de una investigación que ilumina los ángulos menos visibles de su trayectoria vital. A lo largo del libro se reconstruye el camino del autor polaco desde su niñez en Leópolis hasta su reconocimiento internacional, proporcionando un retrato humano que supera la imagen pública que dejó en entrevistas y en memorias como Castillo alto. El resultado es una narración que combina claridad expositiva y rigor histórico, capaz de mostrar cómo los acontecimientos biográficos se filtraron en su universo literario. Los pasajes dedicados a su infancia bajo la ocupación nazi destacan por su densidad emocional, pues revelan experiencias traumáticas que Lem eligió callar durante décadas y que afloran en su obra de modo cifrado, como en Edén, donde la aparición de fosas comunes remite a la violencia que él mismo presenció. Tras la guerra, su formación intelectual en la Polonia socialista y su contacto con corrientes científicas occidentales, especialmente la cibernética de Norbert Wiener, moldearon su interés por la inteligencia artificial y el destino tecnológico de la humanidad, influencias visibles en títulos fundamentales como El invencible o Ciberiada. El libro sigue después su periodo de madurez creativa y su compleja relación con el régimen comunista, así como su progresivo distanciamiento de Polonia tras el estado de excepción de 1981. Aunque la obra ofrece una base biográfica sólida, el tramo final pierde fuerza analítica y presta menos atención a las dimensiones personales y al contexto cultural de sus últimos años. Algunas interpretaciones resultan también discutibles, como la lectura de Solaris en clave romántica, que se separa de la concepción más filosófica defendida por el propio autor. A ello se suma un uso abundante de fuentes secundarias que, en ciertos pasajes, reduce la sensación de descubrimiento. Aun con estas limitaciones, se trata de una biografía valiosa para comprender la complejidad intelectual de Lem y el modo en que su obra dialoga con la historia del siglo XX. Quien desee obtener un retrato aún más completo encontrará un complemento útil en los testimonios de su hijo Tomasz, que ayudan a matizar aspectos apenas esbozados en el libro de Orliński.
El Castillo de Himeji, erguido en la prefectura de Hyōgo como una imponente fortaleza blanca que evoca la silueta de una garza en vuelo, representa el pináculo de la arquitectura defensiva japonesa del período feudal, con sus orígenes remontándose a 1346 durante la era Nanbokuchō. Bajo el mando de Akamatsu Sadanori, se inició como una modesta fortificación en el monte Himeyama para proteger la llanura de Harima, en un contexto de guerras civiles donde clanes como los Akamatsu, Yamana y Kuroda competían por el control territorial en la región de Chūgoku. Esta estructura inicial, lejos de ser un castillo completo, evolucionó en el siglo XVI bajo Kuroda Yoshitaka, quien la reforzó contra amenazas locales como el clan Kodera, integrando la topografía montañosa para crear un bastión estratégico en el camino San’yōdō, vital para el comercio y las campañas militares. La transformación decisiva ocurrió en 1580, cuando Toyotomi Hideyoshi, bajo órdenes de Oda Nobunaga, reconstruyó el deteriorado sitio como un kyojō o residencia daimyō, erigiendo una torre principal de tres plantas y murallas de piedra en apenas once meses, empleando técnicas de mampostería en boga para bases resistentes. Este esfuerzo no solo consolidó el poder de Hideyoshi en Harima tras batallas contra los Mōri, sino que simbolizó la unificación de Japón en la era Azuchi-Momoyama, donde el castillo funcionaba como centro administrativo de un jōkamachi o ciudad feudal, gestionando tributos en koku y reflejando la jerarquía social de samuráis y campesinos. Tras la batalla de Sekigahara en 1600, Ikeda Terumasa, leal a Tokugawa Ieyasu, expandió el complejo entre 1601 y 1609 con 40.000 trabajadores, creando un laberinto defensivo de 1,07 km² dividido en kuruwa interiores, medios y exteriores, con fosos, pozos suikuruwa y depósitos koshikuruwa para autosuficiencia en asedios.
En su apogeo durante el temprano período Edo (1603-1868), bajo clanes fudai como Honda y Sakai, el castillo administraba dominios de hasta 520.000 koku, encarnando la estabilidad del shogunato Tokugawa al evitar conflictos directos —conocido como Fusen no shiro por su invulnerabilidad—. Su valor arquitectónico radica en el estilo renritsushiki, con una daitenshu de seis pisos y 31,5 metros de altura, conectada a tres kotenshu mediante watariyagura, todo sostenido por pilares de ciprés japonés de 95 cm de diámetro y 24,6 metros, unidos sin clavos para flexibilidad antisísmica. Las murallas, recubiertas de shiroshikkui —un mortero blanco de cal y yeso resistente al fuego y arcabuces—, incorporan orificios triangulares para flechas, rectangulares para cañones y ocultos para lanzar piedras, formando un camino en espiral zigzag inspirado en Fushimi-Momoyama que desorientaba invasores con puertas estrechas como Ho no mon, forrada en hierro.
Este diseño técnico, que equilibraba peso con techos irimoyazukuri y gabletes karahafu para vigilancia óptima, significó un avance en ingeniería defensiva, protegiendo no solo contra ataques sino contra terremotos, como demostró su supervivencia intacta. En el Bakumatsu de 1868, durante la batalla de Toba-Fushimi, evitó la destrucción gracias a negociaciones locales, pasando a era Meiji como sitio militar hasta 1945, cuando bombas aliadas fallaron en incendiarlo. Restauraciones modernas, como la de Shōwa (1934-1964) con refuerzos de hormigón y reemplazo de pilares por cipreses de Tsukechi, y la de Heisei (2009-2014) con repintado de tejas por 2.800 millones de yenes, han preservado su integridad, culminando en su designación como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993 por su genio creativo y representación histórica. Hoy, en 2025, atrae millones de visitantes anuales, destacando su rol perdurable como emblema de resiliencia japonesa, donde cada piedra y viga interconecta siglos de innovación militar y cultural.
Junip, grupo liderado por José González en voz y guitarra acústica, con Tobias Winterkorn tejiendo texturas hipnóticas en órgano y Moog sintetizador, y percusión de Elias Araya (quien se despidió post-grabación), explora la responsabilidad personal en momentos de crisis.
Autoproducido con el toque maestro de Don Alsterberg, el tema emplea una técnica ascendente: versos minimalistas que escalan hacia un clímax barroco con cuerdas emotivas y percusión impulsora, como un fuego que se aviva.
Fue el telón de fondo del promo del final de Breaking Bad, catapultándola a la fama televisiva, y sonó en series como The Blacklist y The Originals.
Su repercusión perdura: un recordatorio novedoso de cómo la simplicidad nórdica puede incendiar almas globales.
Los agujeros negros representan uno de los enigmas más profundos de la física moderna, potencialmente la clave para desentrañar una teoría cuántica de la gravedad que unifique nuestra comprensión del espacio-tiempo a escalas extremas. Brian Cox, en sus reflexiones, subraya cómo estos objetos, predichos teóricamente desde principios del siglo XX mediante la relatividad general de Einstein, desafían las fronteras entre la mecánica cuántica y la gravitación, obligándonos a reconsiderar la estructura fundamental de la realidad.
Definidos con precisión como regiones del espacio donde la curvatura gravitatoria es tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar —un horizonte de eventos que marca el punto de no retorno—, los agujeros negros no fueron aceptados universalmente hasta bien entrados los años 60 y 80. Físicos como Steven Weinberg expresaron escepticismo, esperando que la naturaleza evitara su existencia debido a las paradojas intelectuales que plantean, como la singularidad central donde la densidad se vuelve infinita y las leyes conocidas colapsan. Sin embargo, observaciones astronómicas, desde la detección de Cygnus X-1 en 1971 hasta las imágenes directas del Event Horizon Telescope en 2019 de M87* y Sgr A*, confirman su presencia en el cosmos, forzándonos a confrontar sus implicaciones.
El avance pivotal proviene del trabajo de Stephen Hawking en la década de 1970, quien demostró que los agujeros negros emiten radiación térmica —la radiación de Hawking— mediante procesos cuánticos cerca del horizonte de eventos. Esta radiación surge de pares de partículas virtuales generados por fluctuaciones cuánticas en el vacío: una partícula cae en el agujero mientras su antipartícula escapa, reduciendo la masa del agujero y llevándolo a una eventual evaporación. Este fenómeno exige una fusión explícita de la relatividad general, que describe la gravedad como curvatura espacio-temporal, con la teoría cuántica de campos, que gobierna las interacciones subatómicas. En ecuaciones, la entropía de un agujero negro, dada por \( S = \frac{k A}{4 \hbar G/c^3} \) donde \( A \) es el área del horizonte, \( k \) la constante de Boltzmann, \( \hbar \) la constante de Planck reducida, \( G \) la constante gravitatoria y \( c \) la velocidad de la luz, revela una termodinámica cuántica que no encaja en marcos separados. Así, los agujeros negros emergen como laboratorios naturales únicos, observables en el cielo, donde la unificación es inevitable para resolver inconsistencias como la pérdida de información durante la evaporación, un rompecabezas que cuestiona la unitariedad cuántica.
La génesis conceptual de estos objetos remonta a finales del siglo XVIII, con John Michell y Pierre-Simon Laplace proponiendo independientemente «estrellas oscuras» basadas en la velocidad de escape. En mecánica newtoniana, la velocidad de escape de un cuerpo de masa \( M \) y radio \( R \) es \( v_{esc} = \sqrt{\frac{2GM}{R}} \). Para la Tierra, con \( R \approx 6371 \) km y \( M \approx 5.97 \times 10^{24} \) kg, \( v_{esc} \approx 11.2 \) km/s; para el Sol, \( R \approx 696000 \) km y \( M \approx 1.99 \times 10^{30} \) kg, asciende a \( \approx 617 \) km/s. Michell y Laplace extrapolaban: si un astro se comprime hasta que \( v_{esc} > c \) (300000 km/s), la luz quedaría atrapada, rindiendo objetos invisibles por su magnitud extrema, como Laplace anotó poéticamente. Aunque esta visión newtoniana falla —la relatividad revela que tales «estrellas» colapsan inevitablemente en singularidades, no permaneciendo estables—, anticipa el radio de Schwarzschild, \( R_s = \frac{2GM}{c^2} \), que define el horizonte para masas estelares (para el Sol, \( R_s \approx 2.95 \) km).
Hoy, con detecciones de ondas gravitacionales por LIGO/Virgo de fusiones de agujeros negros binarios, como GW150914 con masas de 36 y 29 masas solares, estos fenómenos no solo validan predicciones relativistas sino que impulsan avances en gravedad cuántica a lazos o teoría de cuerdas, donde los agujeros negros podrían ser estados entrelazados de gravitones. Su estudio promete desvelar una teoría más profunda, donde el espacio-tiempo emerge de correlaciones cuánticas, transformando nuestra percepción de la realidad cósmica. En esencia, los agujeros negros no ocultan solo materia, sino las pistas para trascender las limitaciones de nuestras teorías actuales, invitándonos a una exploración teórica que podría redefinir el universo.
Addendum:
Warrington-Runcorn New Town Development Plan · Rocksavage
Álbum ambient que reconstruye el paisaje sonoro de las nuevas ciudades británicas de los 70, usando field recordings de reuniones urbanas y sintetizadores vintage. Gordon Chapman, su creador, emplea un Korg MS-20, Roland SH-101 y muestras de audio de Warrington y Runcorn para evocar la utopía fallida de la posguerra, con capas modulares que simulan debates de planificadores. Chapman, arquitecto de formación, grabó durante la pandemia usando archivos de la BBC de 1972, recreando un «concierto para ciudades dormidas». La técnica, un layering de drones ambientales con spoken word procesado, fue elaborada en sesiones solitarias en Manchester, fusionando nostalgia industrial con minimalismo electrónico. Su repercusión ha sido notable en círculos ambient, inspirando a artistas como Huerco S. y elogiada en The Quietus por su «arquitectura sonora», vendiendo 5.000 copias en Bandcamp y posicionándose como un manifiesto contra el olvido urbano.