Materia oscura
En el corazón del laboratorio, las simulaciones del cosmos danzaban como un vals eterno: galaxias nacían, chocaban, se disolvían en polvo de estrellas. Todo obedecía a las leyes que ellos habían escrito con dedos temblorosos de esperanza.
Pero la materia oscura —esa ausencia que lo sostiene todo— seguía ahí, intacta, impenetrable, serena. Nada parecía capaz de alterar su naturaleza.
Años enteros transcurrieron suspendidos en la quietud de lo inmutable.
Hasta que una madrugada, el más joven se miró en el negro de una pantalla apagada y descubrió, con horror y alivio, que la sombra que lo cubría no era la suya: era la del universo entero contemplándolos desde fuera del código.
Entonces lo entendieron.
Ellos eran la materia oscura. Siempre lo habían sido.