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Mes: abril 2026

El día de Colón (Expeditionary Force #1), de Craig Alanson

El día de Colón (Expeditionary Force #1), de Craig Alanson

Todo empieza en un anodino Día de Colón en Thompson Corners, Maine. El especialista del Ejército Joe Bishop, de permiso en su pueblo natal, ve cómo una nave de transporte ruhar se estrella de morro en un campo de patatas. Los “hamsters” —así los bautiza él: peludos, bigotudos y con cara de no haber roto un plato— bajan de la nave, miran el horizonte de silos y graneros, y deciden que el objetivo más amenazante del sector es… el almacén de patatas. Un misil bien colocado lo convierte en humo y llamas. En ese instante, Bishop ya sabe que la invasión no sigue ningún manual estratégico conocido: los alienígenas también cometen estupideces logísticas.
A partir de ahí, la novela se convierte en un descenso vertiginoso por una jerarquía galáctica brutalmente realista. Los humanos somos la especie cliente más baja del escalafón: carne de cañón para los kristang (los “lagartos”), que a su vez sirven a razas aún más avanzadas. La Tierra es un peón en una guerra que lleva milenios. En cuestión de días, todos los ejércitos del planeta son reclutados, embarcados y enviados a un sistema estelar remoto para un “entrenamiento” que en realidad es preparación para morir en batallas ajenas.
El armamento humano sigue siendo gloriosamente analógico: fusiles M4 con puntas explosivas, lanzacohetes con lock-on decente y poco más. Las naves capitales, en cambio, pulverizan continentes enteros con cañones de riel. Esa brecha tecnológica genera escenas tan absurdas como épicas, y Alanson las explota con un humor negro muy militar.
Hasta la mitad del libro, Bishop carga solo con la narración en primera persona. Es un protagonista sólido —moralmente coherente, rápido de reflejos, cero lloriqueos—, pero la historia cojea un poco sin un segundo palo. Entonces aparece Skippy. Un IA antigua, arrogante, sarcástica y con un sentido del humor que roza lo psicótico. Desde su primer “hey, monkey” la novela cambia de marcha. Skippy es el alma, el motor y la razón por la que no puedes parar de leer.
La construcción del universo es sólida y novedosa: razas oxígeno-respiradoras que comparten biotipos planetarios pero cuyos metabolismos son incompatibles con la comida terrestre (detalle que promete explorarse más adelante). El problema es que, salvo los hamsters y los lagartos, el resto de especies se quedan en “ideología + tamaño” sin habilidades o culturas que las hagan inolvidables.
¿Es perfecto? No. La primera mitad es dura sin Skippy, y el combate espacial brilla por su ausencia. Pero el ritmo, el ingenio militar y la química Bishop-Skippy convierten esta novela en una de las lecturas más adictivas y divertidas que he tenido en años. Si buscas hard sci-fi con batallas láser y naves que hacen flip-flops en el vacío, pasa de largo. Si quieres aventura pura, humor cuartelero y un IA que te roba el protagonismo, corre a por ella.