Bruma roja
Elena se deslizaba por las calles empedradas de la ciudad antigua, envuelta en la noche como en un sudario. Su vestido flotaba a su alrededor, vaporoso, casi incorpóreo, obedeciendo a la respiración húmeda de la brisa. Al tropezar con un mendigo, cayó al suelo; la vergüenza la atravesó como una punzada fría, y por un instante su máscara humana se resquebrajó.
Los transeúntes la observaron en silencio mientras se incorporaba, pálida y temblorosa. Cuando alzó de nuevo la cabeza, el vestido volvió a ser bruma… pero ahora oscurecida por un rojo espeso. Continuó su marcha sin detenerse, ajena a las huellas que manaban sobre la piedra.
El mendigo quedó tendido, inmóvil, con el cuello intacto y la vida ausente.
Ella esbozó una sonrisa casi devota al sentir el fuego regresar a sus venas. No fue la vergüenza lo que la transformó, sino el hambre ancestral. Y aquel rojo no era furia ni culpa, sino el tributo silencioso que la noche reclamaba.