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Categoría: Microcuentos

El hombre-cangrejo

El hombre-cangrejo

Como puso una vez un crío en un examen: los cangrejos son animales que avanzan retrocediendo.
Su futuro está siempre detrás; su mayor ilusión es estar entre las rocas o sumergido (en ese pasado que siempre fue mejor).
En el poema de Dante, se le dice a éste en las puertas del purgatorio que, si quería descubrir sus misterios, no debía nunca mirar hacia atrás.
Requisito fundamental entonces para no perderse en patatales que no llevan a ninguna parte: no mirar a lo que ya se ha hecho. No ser un hombre-cangrejo.
Pero esto no implica que no se pueda mirar hacia los lados para ver quién está también ahí, intentando abrirse paso entre las equivocaciones, contradicciones, dudas y perplejidades que nos rodean.
Para mí, la equivocación principal es no hacer caso de los que te acompañan, para bien o para mal.

El último capricorniano

El último capricorniano

Tom Powerful, presidente de la fábrica de armamentos, frente al ventanal de su despacho en el piso cincuenta y tres, se arreglaba el nudo de la corbata sin prestar mayor atención al trémulo amanecer de Manhattan.
Llamaron a la puerta.
-Adelante -dijo sentándose frente al enorme escritorio.
Una de sus secretarias, la trigueña, le acercó el periódico y se alejó taconeando.
La siguió con la mirada.
Abrió el diario; como de costumbre, antes de leer los valores de Wall Street, o el resultado del último partido de los Giants, leyó su horóscopo.
‘Hoy morirá en cuanto se oculte el sol.’ -¡Qué contrariedad! -dijo, y de inmediato llamó por teléfono a la compañía de aviación, comunicando su necesidad de dar la vuelta al mundo, junto con el sol, cruzando la línea internacional del cambio de fecha para burlar las predicciones astrológicas.
Volvió a amanecer, al este de Greenwich, bebiendo un bloddy-Mary, en el bar al aire libre de un exótico y concurrido hotel de Manila, feliz de creerse el único capricorniano viviente.
Cerca de él, una turista, con felinos anteojos negros, lanzó un grito señalando el cielo; quienes la rodeaban levantaron la mirada hacia el sol.
-¡Qué maravilla! -dijo el señor Powerful.
El eclipse duró un instante.

Un microcuento de Juan Carlos García.

Carta a un abuelo

Carta a un abuelo

Muy señor mío:
Empresa sólo para una vez, por lo difícil, y de otro lado, empresa sin mérito y hasta completamente inútil, la de una carta sin verbos. ¡Abajo, pues, los escritos de semejante condición! Pero antes una sincera felicitación, mi entusiasta enhorabuena, así a usted como a su caro nieto, vivo retrato de un joven de principios del siglo XX, mancebo, según vocablo de nuestros clásicos, no menos famoso por su elegancia en el traje, por su discreta diplomacia en salud y plática, por su prodigalidad en finas atenciones, lo mismo con los habituales paseantes del Paseo de Gracia que con el oscuro empleado de cualquier oficina. Sí, mi bendición a entrambos, al abuelo y al nieto; pero lo más alto de esta bendición para el alma de usted, palacio de la fe y de la caridad; para usted, mil veces más venerable que por sus canas, por su vejez pura y casto recogimiento; por sus virtudes, resplandores del cielo, y por sus rezos, develos de sus noches, ocupación del día, entretenimiento de las fiestas y fiestas de sus pascuas.

El rostro del transeúnte desconocido

El rostro del transeúnte desconocido

Era tan triste el rostro del transeúnte que venía a mí encuentro, que en el tiempo de recorrer algunos metros hacia mí, grabó en el mío dos arrugas profundas… duras arrugas sumidas en el más deprimente infortunio, de las que ya no puedo deshacerme.
Mi vida, modelándose desde entonces contra mi voluntad sobre la marca de este pasado terrible, ha cambiado, transcurriendo ahora en compañía de gentes agobiadas y miserables, o bien, mezclada a dramas aplastantes que no me habían sido destinados, hace que me deslice y me pierda… sólo por haberme dejado sorprender un día en la calle por un rostro atacado por la más profunda desgracia.

Un microcuento de Henri Michaux

Incertidumbre

Incertidumbre

-¿A quién echarle la culpa de esta terrible situación? ¿A los dioses? ¿A mis padres?… Yo no puedo saberlo. Sin embargo, lo cierto es que esta incertidumbre me tortura, me mata. Y lo peor del caso es que pasan los años… y ¡nada! ¡ni la mujer, ni la yegua! ¡Qué horrible es ser centauro!

Las formas

Las formas

Durante una tormenta cayeron del cielo, entre la lluvia, todas las formas del mundo. Se mojaron, se ablandaron, se deformaron y se confundieron unas con otras. Un león ahora con forma de foca se arrastró por la hierba hasta que se cansó y se detuvo a morder margaritas. Un pararrayos ahora con forma de golondrina alzó vuelo y fue atrapado por un halcón que antes había sido una goma de borrar. Un niño ahora con forma de diccionario se deshojó un rato bajo la lluvia, y fue luego una pasta amarillenta. Un buey ahora con forma de cámara fotográfica hizo clic, clic, y se echó a andar hacia el norte magnético, ahora con forma de serpiente enroscada en un árbol. Una estrella fugaz que antes había sido un campanario trató de alumbrar un instante, pero se lo impidió la lluvia tenaz. Un coche que ante había sido un tiburón atropelló un telescopio que antes había sido una cáscara de banana. Un reloj que antes había sido un cruce de carreteras dijo cucú, cucú. La lluvia cesó y salió el sol. Las nuevas formas se secaron despacio, y cuando estuvieron bien firmes se separaron unas de otras y tomaron distintos caminos, asumiendo sus nuevos papeles. Una cosa eternamente informe, que por lo tanto no había participado en la metamorfosis, pero que había observado fascinada desde un bosque cercano, no se pudo contener y pensó un largo pensamiento informe.

El aviador imaginario

El aviador imaginario

El aviador imaginario miró a su alrededor. Desde los cielos de fantasía todo se veía distinto. Las personas casi no se distinguían en la tierra. Y en cierto sentido eso le reconfortaba. Huir del mundanal ruido de vez en cuando no estaba mal.
De pronto entro en una nube, y como imaginario que era se disolvió y desapareció para siempre.

El mar y yo

El mar y yo

 

De este lado está el mar. El de la infancia, el grande, el inmenso mar. Del otro lado quedo yo, mis miserias, mis grandezas, yo. Cae una lluvia fina que pincha en la piel, pero los míos no se preocupan de las cosas que os preocupan a vosotros, a los míos sólo nos importa el mar, grande inmenso; se me mojan las manos, el pelo que se pega a la espalda, la cara, los ojos, pero no me doy cuenta. Aquí enfrente está el mar, detrás mía el mundo, y en medio, yo.
Al otro lado del mar tú.
No sé dónde tengo que ir. Giro la cabeza, el mundo, enfrente el mar (el grande, el inmenso, el ingente) y detrás de él, tú. Me siento en la arena, las rodillas hacia delante, el cuerpo ladeado, o ha dejado de llover o he dejado de notar la lluvia, no sé dónde tengo que ir. Detrás el mundo, la gente camina tranquila, que ya se está ocultando el sol, tengo ganas de acercarme, de volver con ellos, de leer su libro de nombres y olvidarme del mar y de ti, ‘estás hecho de agua’, me dijiste, ‘si te alejamos del mar te vas a ahogar y a secarte’. Aliso la arena con una mano y con la otra escribo sobre ella, letras al azar, arabescos, símbolos sin sentido…
Se acerca un pescador, que en estos casos es lo frecuente, aquí se pesca de noche. Planta la caña, deja el cubo del cebo, ceba el anzuelo, lanza la caña. Me gustaría saber dónde quiero ir.
Me mira, se acerca y me pregunta por el nombre. El nombre. Mi nombre. Cómo quiere que lo conozca si ni siquiera sé dónde hay que ir, insiste en la pregunta con la mirada, yo tengo el estupor de no poder contestarle, miro el mundo, miro el mar, y como no sé dónde ir, agito un par de veces mi alas suavemente y me alejo volando.

Bricando de estrella en estrella

Bricando de estrella en estrella

Cuando las ciudades se llenan de recuerdos es espantosamente bello, pues es entonces que puedes respirar aires antiguos y llenar el alma de dulces memorias. Y tienes la oportunidad de tocar tu piel con suelos recorridos, con texturas provocadas por el pasado. Había una vez una cascarita de naranja… pedazo de cielo. La serena aceptación de lo que es… Que serena la noche, que sereno el viento y el frío dulzón que juega con mi cabello y mis ojos correteando por mi espalda y nadando entre los dedos de mis manos.
Tranquilidad y sosiego. Ando pero no estoy, pues navego brincando de estrella en estrella…

Loca de amor

Loca de amor

Parado en una esquina se encontraba el hombre más bello del mundo. Los ojos azules como el cielo eran un relámpago en la oscuridad. Su sonrisa acababa la tristeza de los afligidos. Su piel dorada como la arena irradiaba la suavidad de la seda. Su cuerpo duro como el acero, congeniaba con un corazón tan tierno como el de un bebé recién nacido. Esa fortaleza exterior no ocultaba el melado que llevaba por dentro. Ese físico tan perfecto, y esa alma tan noble, hacían realidad todos sus sueños. Sin poder soportar tanta belleza, cayo postrada a sus pies enloquecida de amor.