El precio del disenso
El contable sumaba las cifras del desastre, deslizando la pluma sobre el papel con un rigor casi religioso. Frente a él, el joven socio exponía una a una las objeciones morales del proyecto, apelando a la decencia, la compasión y el remordimiento. El anciano escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando con una serenidad cortés que parecía anunciar una profunda rectificación.
—Son observaciones valiosas —murmuró al fin—. Las tendré en cuenta. Reflexionaré sobre cómo responder a desafíos tan serios.
El despacho quedó suspendido en una calma expectante. Entonces el viejo destapó un tintero de tinta roja, mojó la pluma con parsimonia y trazó una línea firme sobre cada nombre de la lista de disidentes. Después revisó las cuentas por última vez y calculó, hasta el último céntimo, el precio exacto de sus ataúdes.