Lo dice una canción…
Lo dice una canción: ‘Hay por lo menos
unas cincuenta formas
de dejar a una amante’.
Yo he escogido
la más desesperada:
destruirme contigo hasta la muerte.
Felipe Benítez
Felipe Benítez

Uno de los aspectos que destaca de manera sobresaliente en las películas de los nipones Hayao Miyazaki y Takeshi Kitano es sin lugar a dudas sus bandas sonoras, las cuales comparten muchos elementos en común, haciendo innegable el hecho de que pertenecen al mismo compositor, Joe Hisaishi.
El reconocimiento musical de Joe Hisaishi da comienzo 1983 con su primera colaboración para Hayao Miyazaki en la película animada ‘Nausicaä del Valle del Viento’ (Kaze No Tani No Naushika) a partir de ese momento se establece una estrecha relación en todas sus posteriores producciones animadas para los Studio Ghibli.
Desde entonces la calidad y cantidad de obras musicales de Joe Hisaishi son soberbias. Sus trabajos son variados en género, desde la más simple melodía a piano, hasta la más complejas composiciones sinfónicas.
En 1992 Hisaishi realizó la música de ‘Escenas Frente al Mar’, tercera producción cinematográfica del multifacético actor, guionista y director japonés Takeshi Kitano, con el cual comenzaría otra duradera relación.
Aunque son notables la diferencias abismales que existen entre las temáticas y estilos de los dos directores mencionados. Por un lado, las obras de Miyazaki suelen ser de naturaleza optimista, narrando bellas historias de fantasía épica, e historias infantiles que invitan a la ensoñación y el despliegue imaginativo. En cambio, las historias de Kitano, nos muestran un submundo plagado de personajes trágicos, inmersos en las más bajas situaciones surgidas de la vida cotidiana del Japón moderno. Sin embargo, Joe Hisaishi, convive con estas dos antagónicas visiones de la vida de estos directores, y satisface sus requerimientos cumpliendo un rol magistral. Su música acompaña cada escena, y se convierte en un elemento clave, y distintivo, dentro de la trama de cada una de sus películas.
Joe Hisaishi cuenta, además, con gran cantidad de álbumes de su propia autoría, realizados a lo largo de su intensa carrera, más allá de las bandas de sonido, y muchas recopilaciones entre las cuales destacan las series Piano Stories y Works, por mencionar algunas.
Destacan, con referencia a las películas dirigidas por Hayao Miyazaki: Nausicaä del Valle del Viento (1984), Castillo en el Cielo (Tenku No Shiro Rapyuta – 1986), Mi Vecino Totoro (Tonari No Totoro – 1988), Kiki (Majo no Takkyuubin – 1989), Porco Rosso (Kurae No Buta – 1992), La Princesa Mononoke (Mononoke Hime – 1997), El Viaje de Chihiro (Sen To Chihiro No Kamukakushi – 2001) y el Castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro – 2004).
Con respecto a las dirigidas por Takeshi Kitano: Sonatine (1993), Kids Return (1996), Flores de Fuego ( Hana-bi, 1998), El Verano de Kikujiro ( Kikujiru No Natsu, 1999), Hermano (Brother, 2001) y Dolls (2002).
Algunas melodías en formato MIDI:
La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, El castillo ambulante, El verano de Kikujiro.
Página oficial del compositor:
http://www.joehisaishi.com
Playlist Retrospectiva Joe Hisaishi:
1. Silent Love(Main Theme) -A Scene at the Sea-
2. Hana-Bi -Hana-Bi-
3. Opening Jinsei No Merry-Go-Round -Howl’s Moving Castle-
4. Meet again -Kids Return-
5. Summer -Kikujiro no natsu-
6. One summer day -Spirited Away-
7. The Girl Who Fell from the Sky (Main Theme) -Castle in the Sky-
8. Mad summer -Kikujiro no natsu-
9. Ever Love -Hana-Bi-
10. Brother (Brother) -Joe Hisaishi Meets Kitano Films-
11. Next round -Kids Return-
12. Thank You,… for Everything -Hana-Bi-
13. Mother -Kikujiro no natsu-
14. Summer road -Kikujiro no natsu-
15. Sixth Station -Spirited Away-
16. Princess Mononoke theme song -Princess Mononoke-
17. Porco E Bella ~ Ending -Porco Rosso-
18. Always with me -Spirited Away-
19. Chihiro no Warutsu -Spirited Away-
20. The legend of Ashitaka theme -Princess Mononoke-

Ryszard Kapuscinkski ha plasmado, como nadie, el carácter de las gentes de África en su libro ‘Ébano’. Prodigiosa recopilación de crónicas, reportajes y análisis crítico del continente africano desde la más penetrante mirada lúcida de este reportero polaco.
En uno de sus capítulos nos muestra, a modo comparativo, las diferentes percepciones del tiempo que puede tener un africano con respecto a un europeo o viceversa.
Nos subimos al autobús y ocupamos los asientos. En este momento puede producirse una colisión entre dos culturas, un choque, un conflicto. Esto sucederá si el pasajero es un forastero que no conoce Africa. Alguien así empezará a removerse en el asiento, a mirar en todas direcciones y a preguntar: ‘¿Cuándo arrancará el autobús?’ ‘¿Cómo que cuándo?’, le contestará, asombrado, el conductor, ‘cuando se reúna tanta gente que lo llene del todo.’
El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: ‘Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.’ El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.
Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo lo contrario de la manera de pensar europea.
Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: ‘Cuándo se celebrará la reunión?’ La respuesta se conoce de antemano: ‘Cuando acuda la gente.’De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera.
-¡Esta gente tiene una capacidad extraordinaria de espera! -me dijo en una ocasión un inglés que llevaba mucho tiempo viviendo aquí-. Capacidad, aguante, es un sexto o séptimo sentido!
En alguna parte del mundo fluye y circula una energía misteriosa, la cual, si viene a buscarnos, si nos llena, nos dará la fuerza para poner en marcha el tiempo: entonces algo empezará a ocurrir. Sin embargo, mientras una cosa así no se produzca, hay que esperar; cualquier otro comportamiento será una ilusión o una quijotada.
¿En qué consiste esa inerte espera? Las personas entran en este estado conscientes de lo que va a ocurrir; por lo tanto, intentan elegir el mejor lugar y aposentarse lo más cómodamente posible. A veces unas se tumban, otras se sientan en el suelo o en una piedra, o se ponen en cuclillas. Dejan de hablar. El grupo de personas en estado de inerte espera es mudo. No emite ninguna voz, permanece en silencio. Los músculos se distienden. La silueta se vuelve lacia, se desmaya y encoge. El cuello se queda rígido y la cabeza deja de moverse. La persona no mira, no intenta divisar nada, no se muestra curiosa. A veces tiene los ojos entornados, pero no siempre. Los ojos, por lo general, están abiertos pero con la mirada ausente, sin brizna de vida. Puesto que he pasado horas observando multitudes enteras en estado de inerte espera, puedo afirmar que se sumen en una especie de profundo sueño fisiológico: no comen, no beben, no orinan. No reaccionan a un sol que abrasa sin piedad ni a las moscas, voraces y pesadas, que las asedian y se posan sobre sus labios y párpados.
¿Qué debe de pasar entonces por sus cabezas?
Lo ignoro, no tengo la menor idea. ¿Piensan o no? ¿Sueñan? ¿Recuerdan cosas? ¿Hacen planes? ¿Meditan? ¿Permanecen en el más allá? Difícil de decir.

En ocasiones las apariencias engañan, y en Ciencia puede llegar a crear confusión. Un caso que ilustra lo que acabo de sentenciar ocurrió hace unos años en la Redacción de una revista americana de índole científico con la llegada de una carta donde el lector solicitaba que le solventaran una duda sobre la velocidad de la luz.
Aquella carta planteaba la siguiente cuestión: según las teorías de Einstein, ninguna cosa puede superar la velocidad de la luz en el vacío, y como esa ‘prohibición’ es absoluta resulta imposible diseñar una experiencia simple, que respete todas las leyes generales de la Física, y que sin embargo tenga como resultado que algo se mueva más rápido que la luz. Sin embargo -proseguía el lector- existe una experiencia con muchas dificultades prácticas pero ninguna dificultad teórica que viola esa limitación. Consiste en colocar en la superficie de la Tierra un reflector (como los de los faros marinos o como los que se utilizan en el campo militar para iluminar de noche a un avión atacante) que tenga una gran potencia y que proporcione un haz muy pero muy estrecho, que casi no se disperse al alejarse de su fuente. Esta especialísima lámpara podría estar ubicada sobre la línea del Ecuador, con su rayo apuntando al zenit, es decir alejándose de la Tierra en forma perfectamente vertical.
(Una aclaración antes de seguir adelante. En la época en que el lector planteó el problema era imposible lograr un haz tan estrecho, pero actualmente, con el desarrollo del láser, la experiencia se vuelve prácticamente realizable. De todas maneras basta con que el caso sea teóricamente posible para que la hipótesis de su inventor tenga validez.)
Si la Luna se interpone en el camino de esa luz, como que es tan estrecha y concentrada formaría sobre la superficie de nuestro satélite una mancha luminosa de pequeñas dimensiones, digamos no más que un metro de diámetro. Ahora bien, la Tierra gira sobre su eje a una velocidad de 360 grados sexagesimales cada 24 horas, es decir que ese haz de luz barrería un ángulo de 15° en una hora. Como la Luna está a 384.000 Km de distancia, se vería a la mancha luminosa moverse sobre la superficie lunar a poco más de 100.000 Km/h, una velocidad grande pero muy inferior a la de la luz. Claro que si se supone que el haz no se dispersa ni pierde potencia por el camino, es posible imaginar que, en vez de la Luna, intercepta el paso del haz de luz un astro imaginario mucho más lejano. La Trigonometría indica que si ese planeta estuviera a 4.100 millones de kilómetros (nada del otro mundo, apenas 1/250 añosluz), la mancha de luz se movería sobre su superficie a una velocidad un poco superiora la de la luz.
Desde luego existen dos planetas reales situados a una distancia de la Tierra mayor que la señalada: Neptuno está a cierta altura del año a 4.350 millones de Km y Plutón, en promedio, a unos 6.000 millones.
Aparentemente ese experimento es lógicamente consistente y viola el principio de Einstein. ¿Querrá decir que el sabio se equivocó? ¿Dónde está el fallo en el razonamiento de este lector? Como se dijo al principio, hay que tener un exquisito cuidado con las palabras: Einstein nunca dijo que ninguna cosa podría moverse más rápidamente que la luz, sino que ningún objeto físico, partícula u onda electromagnética podría superar ese límite. Y los objetos físicos, las partículas o las ondas son cosas, pero no todas las cosas. Las sensaciones, por ejemplo, son otro tipo de cosas.
Y el aparente movimiento de la mancha es una sensación: en realidad, cuando el observador detecta ahora una mancha aquí y luego otra mancha, instantes después, más allá, tiene la sensación de que algo se ha movido, pero no hay ningún movimiento real de ondas en esa dirección. Los fotones que conforman la primera mancha no son los mismos que forman la segunda, y por lo tanto las dos manchas son fenómenos totalmente independientes, e interpretar que la mancha se ha movido es un engaño de nuestra vista, no un fenómeno físico real de movimiento.
Para verlo más claro podría simplificarse el problema imaginando uno de esos tableros luminosos constituidos por miles de bombillas eléctricas y en los que pueden leerse la hora y temperatura o noticias del momento. Las bombillas no hacen otra cosa que encenderse y apagarse, con independencia unas de otras, pero el observador tiene la sensación de que las letras se mueven de derecha a izquierda. La velocidad de movimiento de esa imagen depende de un programa con cinta perforada o similar, y en principio no hay razón alguna que impida que las letras ‘avancen’ una columna de bombillas a la velocidad que se quiera. Es más: si se lograra que una letra se encendiera aquí y allá al mismo tiempo, a velocidad de ese movimiento aparente seria infinita (claro está que esa coincidencia perfecta sí que sería imposible de lograr, y además desaparecería la ilusión de movimiento). Pero lo que importa es que la experiencia del haz que alumbra a un lejano planeta es perfectamente lógica, que sin duda la mancha luminosa podría moverse más rápido que lo que indica la Teoría de la Relatividad… sin por eso desmentir a Einstein.
En cada una de estas sumas se usan los dígitos de uno a nuevo una sola vez.

No sé quien soy.
Vengo no sé de donde
y voy no sé a dónde.
Me maravilla verme tan contento.
Angelus Silesius (1624-1677)

Son los ácaros, miles y miles de diminutos ácaros. Ácaros machos, ácaros hembras y ácaros recién nacidos, que se apiñan al lado de las grandes aglomeraciones formadas por los cadáveres momificados de sus viejos tatarabuelos muertos hace mucho tiempo. Algunos hermanos suyos también circulan por la cama, donde han pasado la noche en la tibieza y la comodidad de las sábanas, y ahora -cuando aparece un gran peso por encima de ella- comienzan a estremecerse también durante el día.
Esta situación puede parecer desagradable, pero es bastante normal. Para que estos pequeños animales aparezcan no es preciso utilizar durante varias semanas las mismas sábanas o dejar que el perro se arrastre por donde más le guste, ni siquiera imaginar actividades diversas en habitaciones infestadas de sabandijas. Aunque la habitación esté bien aireada, el suelo esté limpio, y al perro ni siquiera se le permita jugar, los ácaros continuarán estando allí. Los estudios epidemiológicos demuestran que casi el 100
A los ácaros se les ha llamado ‘bolsas con patas’, denominación que constituye una fiel descripción de su aspecto habitual. Tienen un cuerpo desnudo casi en su totalidad; unas cuantas placas sueltas que les sirven de coraza; agujeros para respirar, comer, eliminar y copular, y muchos hirsutos pelillos en toda su superficie, que les ayudan a apreciar sensitivamente qué está ocurriendo a su alrededor. Poseen ocho patas, porque hace 300 millones de años pertenecieron a la misma línea evolutiva que la araña. Desde entonces las arañas han evolucionado hasta convertirse en grandes carnívoros cazadores con muchos ojos, mientras que los ácaros han seguido una senda distinta, y muchos de ellos han acabado como pacíficos seres dedicados a masticar cualquier cosa que caiga de las criaturas de mayor tamaño en cuyo hábitat se refugian.
En una casa estos despojos que constituyen el alimento de los ácaros son principalmente pequeñas escamas de piel humana. Hay muchísimas. Caen cuando una persona se mueve en la cama, y se desprenden mientras ésta se viste. Saltan del cuerpo en grandes cantidades cuando caminamos -decenas de miles de escamas cutáneas por minuto- y el ritmo de caída sólo disminuye cuando nos quedamos absolutamente quietos. Las escamas cutáneas son algo insignificante para el ser humano, que sólo es posible advertir cuando se acumulan formando polvo, pero para los ácaros constituyen un auténtico maná.
Escondidos en la base de las alfombras, estos ácaros se limitan a esperar con la boca hacia arriba que llueva sobre ellos esta perpetua nube de escamas de piel. Para los ácaros que habitan en la cama (unos 150.000 por cada 100 gramos de polvo en un colchón; un total de 2.000.000 en una cama normal de dos plazas) los jirones flotantes de piel son aún más accesibles, ya que éstos atraviesan el tejido de cualquier pijama que utilice una persona o el espacio que hay entre las fibras individuales de las sábanas que cubre el colchón, y van cayendo sobre los ácaros, que no tienen más que esperar su alimento. El calor que se genera en el lecho es muy atractivo para los ácaros, ya que tuvieron su origen en los trópicos; no obstante, también habitan en las alfombras, reduciendo todo su ritmo de actividad para acomodarse a la mayor frialdad del tejido de la alfombra en cuestión.
En estos hábitats tan bien protegidos los ácaros realizan la misma actividad a la que se dedican la mayoría de los animales durante su existencia terrestre. Comen, defecan y -en el momento propicio- copulan. Cada ácaro produce unas veinte bolitas de excrementos al día, que salen de unas válvulas anales especiales. Las bolitas fecales son tan pequeñas que flotan, dan vueltas y viajan por toda la casa, quizá como ascendente ofrenda a los dioses que bondadosamente les permiten mantenerse vivos gracias al alimento que proporcionan las escamas de piel.
Algunos ácaros muertos y momificados son lo bastante huecos y ligeros de peso como para flotar también, formando así otra ofrenda funeraria de estilo egipcio que se une a las bolitas fecales. Sin embargo, existe un punto que diferencia a los ácaros de los antiguos egipcios. No todas las vainas con forma de ácaro que flotan por la casa son momias, algunas consisten en caparazones desechados por los ácaros en crecimiento. Al igual que muchos insectos, estos ácaros que residen en las alfombras y las camas cambian periódicamente de piel; esta piel se seca, se resquebraja, y aparece un nuevo ácaro desnudo.
Aproximadamente medio día después de haber renacido de este modo los nuevos ácaros están en condiciones de emparejarse. Se trata de un proceso delicado. En ciertos casos el macho produce un paquete hermético de esperma, lo deposita sobre una superficie apropiada, y a continuación se marcha. La hembra, que no ha intervenido hasta el momento en dicho proceso, se coloca sobre el paquete, o bien -en el caso de aquellas hembras cuyos orificios genitales estén en su parte superior- se tienden de espaldas sobre él.
No es un sistema habitual en lo que a los insectos se refiere, pero funciona. Se han encontrado familias de ácaros formadas por miles de miembros, viviendo a 5.000 metros de altura en el monte Everest. Otras han sido halladas en la Antártida, en las profundidades del océano Pacífico e incluso -en el caso de una especie de Nueva Guinea- hay algunas que pasan toda su vida, lo cual incluye procesos de emparejamiento con éxito, dentro de las excrecencias musgosas que aparecen en las espaldas de los grandes gorgojos que viven en las selvas húmedas. En comparación con este hábitat, el entorno de las camas y los suelos residenciales no resulta demasiado riguroso para los ácaros.
Fuente: Los secretos de una casa, de David Bodanis
C. Nafarrete nos apunta algunas recomendaciones para escribir correctamente:
-Lo primero es conoser la hortografia.
-Cuide la concordancia, el cual son necesaria para que Ud. no caigan en aquellos errores.
-Y nunca empiece con una conjunción.
-Evite las repeticiones, evitando así repetir y repetir lo que ya ha repetido repetidamente.
-Use; correctamente. Los signos: de, puntuación.
-Trate de ser claro; no use hieráticos, herméticos o errabundos gongorismos que puedan jibarizar las mejores ideas.
-Imaginando, creando, planificando, un escritor no debe aparecer equivocándose, abusando de los gerundios.
-Correcto para ser en la construcción, caer evite en trasposiciones.
-Tome el toro por las astas y no caiga en lugares comunes.
-Si Ud. parla y escribe en castellano, OK.
-¡Voto al chápiro!… creo a pies juntillas que deben evitarse las antiguallas.
-Si algún lugar es inadecuado en la frase para poner colgado un verbo, el final de un párrafo lo es.
-!Por amor del cielo!, no abuse de las exclamaciones.
-Pone cuidado en las conjugaciones cuando escribáis.
-Aunque le de desgana chapar un mataburros, no use lunfardismos.
-Cuide que un verbo no quede, por cualquier razón: por sentido o por sintaxis, o porque le sobra papel o porque le da la gana, alejado del predicado.
-!No sea estúpido!… no use epítetos en sus escritos.
-Si sus escritos carecen de valor por contener contradicciones, pueden resultar de gran merito.
-Use correctamente (siempre que pueda (por ejemplo en los relatos (especial mente si son cortos))), los paréntesis.
-Escriba siempre con esperanza y con optimismo, aun frente a este mundo podrido que pronto estallará en el último holocausto nuclear.
-No esconda la cabeza como un avestruz; emplee sus cuatro sentidos y ponga oído de lince cuando transcriba algo que escuchó.
-No deje que sus neuronas piramidales, influenciadas por los estímulos del sistema límbico, le dicten tecnicismos.
-¿No le parece? ¿No es lo correcto? ¿No resulta mejor dejar de lado los interrogantes?
-No se muestre dudoso en ninguna materia; aunque quizás la inseguridad sea signo de sabiduría… o de incapacidad… yo no sé.
-Yo siempre lo digo, yo lo aconsejo y yo lo practico en todo lo que escribo: evítese en los posible la primera persona.
Julián caminaba. Llovía. Hacía viento. Su rostro no podía decirse que fuese igual al del resto de la gente con la que se cruzaba por la acera. No era más feo que cualquiera, ni tampoco más guapo. Era de esos rostros que pasan desapercibidos. Rostro de gente con la que te puedes cruzar todo el día por la calle y pensar que es la primera vez que lo ves. y pensar que nunca le has visto, ni tan siquiera pensar en ese rostro, ni tan siquiera reparar en el.
Julián es feliz.
Beatriz volaba. Bajo el sol. Sobre las nubes. Su rostro vibraba ante la quietud del rostro del resto de la gente que puede volar y vuela por el cielo. No era más guapa que cualquiera, ni tampoco más fea. Era de esos rostros que te hacen dar la vuelta cuando se cruzan frente a ti, haciéndote preguntar -«¿por que me he dado la vuelta?, ¿que ha sido lo que he visto?». Te hacen temblar cuando los ves pasar por segunda vez mientras piensas que esta vez descubrirás el secreto de su belleza oculta y manifiesta.
Beatriz es feliz.
Beatriz conoció a Julián y le enseñó a volar, y tanto le amaba que quiso hacerse como el, hacerse un caminante. Julián conoció a Beatriz y le enseñó a caminar, y tanto la amaba que quiso hacerse como ella, una voladora. Vivieron en un nido, luego en una cabaña, y después cada uno en su hogar. Separados, lejos. Y nunca volvieron a compartir nada mas. Como en todas las historias de juegos de amar.
Julián ahora solo sabe volar, pero no se atreve porque el hacerlo le recuerda a Beatriz. Beatriz ahora camina, pero no se atreve porque el hacerlo le recuerda a Julián.
Por eso permanecen quietos, a la espera de conocer a alguien que les enseñe a moverse y que quiera aprender a estar quieto.

Hubo una época en que los periódicos decían que sólo doce hombres comprendían la teoría de la relatividad. No creo ni que existiera una época así. Podría haber existido una época en que tan sólo un hombre comprendiera dicha teoría, antes de publicarla, porque fuera el único que había caído en la cuenta de que las cosas podían ser así. Pero, después de que los demás leyeran su publicación, muchas personas comprendieron, de una forma o de otra, la teoría de la relatividad. Seguramente fueron más de doce. Por otra parte, creo que puedo afirmar sin riesgo de equivocarme que nadie comprende la mecánica cuántica.