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Autor: admin

Un recuerdo

Un recuerdo

Me pidió un recuerdo, y no supe que traerle. Pensé en traer la sombra de la encina que nos cobijaba cada verano en la plaza, pensé que sería bonito llevarle un pedazo del tejado de la iglesia, o el charco de la fuente de la alameda. Hasta quería haber cogido el sonido de las manzanas cuando caían maduras en el prado. O la mirada perdida del gato de doña Julieta, que siempre le ronroneaba cuando pasaba. ¡Pensé en tantas cosas!, que al final no supe que hacer.

Los pendientes

Los pendientes

Un pequeño fragmento, que me pasó una amiga, de una novela titulada «Las historias de Marta y Fernando», de Gustavo Martín Garzo…

‘Marta se puso estremecida los pendientes, pensando que muchos años atrás su abuela, y tal vez su madre, se los habían puesto ante aquel mismo espejo, con la cabeza llena de sueños. ¿Recordaban esos sueños a los suyos? Le pareció que todos los sueños de las mujeres eran semejantes, porque todos tenían que ver con las ansias de ser amadas. También que, cuando se miraban al espejo, todas experimentaban la misma sensación de agotamiento y de irrealidad que ahora sentía ella. Porque intuían que, en el fondo, eso no era posible.’

La niña más valiente del mundo

La niña más valiente del mundo

La niña más valiente del mundo no dibujaba soles amarillos porque el terror le incendiaba de vértigo las venas.
Le salían sin querer bocas selladas -no digas nada, es nuestro secreto- y firmaba con trazo tembloroso para que no sospecharan las maestras.
La niña más valiente del mundo se abrazó rota a su peluche roto y rogó cada día «Por favor, aún no llegues, Noche».
Seis domingos enterró notas de socorro en la arena para ser fuerte, para hacerse invisible.
La niña que nunca rompió el pacto, la que se mordió los labios, la que se echó la culpa de todo, la que quiso comprender y no pudo la que durante siete mil quinientos días pidió permiso para el grito y la risa era la niña más valiente del mundo.
Nadie lo sabía, pero yo ahora lo sé.

Una mujer y un hombre se quiere

Una mujer y un hombre se quiere

Un hombre y una mujer se quieren. Y aquí podría acabar la historia si no fuera porque un día el hombre sorprende a la mujer con otro hombre. Ella dice que le quiere pero él no la cree. Él dice que ella no puede querer a los dos. Un hombre, una mujer y un hombre se quieren.

Él se va pero sigue queriéndola. Ella lo recuerda y sigue queriéndolo. Un día él encuentra a otra mujer. Ella dice que le quiere pero él no se deja.
Él dice que la quiere, aunque no puede olvidar a una mujer. Un hombre y una mujer y un hombre y una mujer se quieren.

Etcétera.

Canción infantil para despertar a una paloma de tres primaveras

Canción infantil para despertar a una paloma de tres primaveras

 

Y bueno pues, un día más, que se va colando, de contrabando, y bueno pues, adiós ayer, y cada uno a lo que hay que hacer.
Tú enciende el sol, tú tiñe el mar y tú descorre el velo que obscurece el cielo y tú ve a blanquear, la espuma y la nube, la nieve y la lana y tú conmigo a cantar la mañana.
Tú a dibujar el trigo y la flor, tú haces de viento, dales movimiento y tú les das color, tú amasas los montes, tú al pozo a baldear, y tú conmigo y el gallo a cantar, que hay que empezar un día más, tira palante que empujan atrás y póngase el calcetín paloma mía y vengase a cocinar el nuevo día todo esta listo el agua el sol y el barro pero si falta Ud., no habrá milagro. Si le falta Ud. a un mundo enfermo y con canas quien va a hacerle la cama, y quien le peinará la frente, y quien le lavará la cara, si falta su risa para echarlo a andar, venga conmigo y el gallo a cantar, que hay que empezar un día más, tira palante que empujan atrás, y póngase el calcetín paloma mía, y vengase a cocinar el nuevo día, todo esta listo el agua el sol y el barro pero si falta Ud. no habrá milagro.

De Joan Manuel Serrat a su hijo.

Espasmos de vida

Espasmos de vida

 

No sé si a ti te ocurre pero a mí en ocasiones me invade algo similar a una niebla blanca, o ¿será transparente? No sé… es algo que empaña mis ojos y me predispone a percibir con mayor intensidad los colores, como más definidas las formas. Exactamente, igual que si recalcaras con carbón negro una silueta, cómo si de pronto un mundo paralelo al cotidiano se revelase ante ti.
Y es entonces cuando comprendo que voy a vivir uno de esos momentos de extrema felicidad, de hipersensibilidad al entorno, de emoción irracional.
Pues bien he tenido uno de ésos, que a mí me da por llamar ‘espasmos de vida’, hace un rato y me apetecía compartirlo contigo.
Y lo he tenido escuchando una versión electrónica del Adagio para Cuerda de Samuel Barber. Estar vivo, pase lo que pase, es todo un privilegio.

Maziltu

Maziltu

Ayer me regalaron una palabra: Maziltu.
En árabe quiere decir seguir siendo.
Y me he acordado de aquel atardecer. Con el pecho oprimido para no soltar la
esperanza.

Monotonía del mar

Monotonía del mar

¡Y otra vez! Monotonía de las travesías, de las gentes, siempre las mismas: hombres de negocios, viajantes de sus aburrimientos, apacibles mamás, inglesas tiesas, coquetas, cocotas; y en los amontonamientos de la tercera clase, los rebaños de la inmigración, las almas opacas o revueltas de la carne de fatiga, los que van soñando una ilusión de bienestar: Un Brasil, un Uruguay, una Argentina de oro. Monotonía de la inmensidad de agua, que cambia a cada instante, permaneciendo la misma: los colores de los cristales del Océano son ya más oscuros, más brillantes, más transparentes; más siempre es el terno espectáculo de esta divinidad visible y móvil, que llega a fatigar con su aspecto vasto e invariable. Apenas las fiestas del sol cambian, con sus decoraciones inauditas y sus rompimientos de oro y de piedras preciosas, la visión fatigante, y el corazón de la máquina ritma, también monótonamente, el paso del barco sobre las olas; y en ninguna parte como en medio de esta inmensa monotonía se despiertan en el espíritu dos misteriosos dones del alma: El recuerdo y la esperanza.
Un texto de Rubén Darío.

Soledades

Soledades

Si me preguntaran por la soledad uniría asustadizo las manos, entrecortando mis miradas buscaría un vacío de tiempo en el que sentirme seguro. Hay una soledad necesaria; esa que se busca a sabiendas de que no es del todo real, esa soledad de la que sabemos que podemos salir cuando lo deseemos con sólo una palabra, con sólo un número… Una soledad voluntaria que renace, que purifica a quien la ‘sufre’; no es más que un encierro voluntario entre las paredes de uno mismo, del mundo de cada cual y cerrar tras de nosotros la puerta, pero sin peder la llave de vista… Suele ocurrir en esos momentos en los que tocamos fondo, nos sentimos demasiado perdidos y necesitamos detenerlo todo para reencontrar el camino, para encontrarnos, para no perder la perspectiva del rumbo a seguir… hacia delante, siendo… Sin embargo, la otra, esa soledad proscrita en la que uno realmente siente no pertenecer a nada ni a nadie, esa de la que hablaba Borges cuando decía ‘estoy solo y no hay nadie en el espejo’, marchita y duele, apaga y sangra. Es de la que hay que huir y de la que hay que intentar salvarse. El ser humano es sociable por naturaleza, necesita relacionarse para ser feliz, para sentirse seguro. No sobrevive solo. Los demás son siempre punto sde apoyo, ya sea para estar de acuerdo o en desacuerdo. Pensando, ¿qué sentiríamos si un día al despertar notásemos que todo ser humano, excepto nosotros, había desaparecido?
Pavor…

Cada

Cada

Cada estación de servicio, cada semáforo, cada mirada evitada, cada sol, cada evasiva respuesta, cada encuesta incompleta, cada sala de espera, cada poema olvidado, cada retrato sin terminar, cada sonrisa guardada, cada punto muerto, cada espejo roto, cada locura sin consumar, cada vez que, por miedo a perdernos en las profundidades, dejamos de bañarnos en todos los ríos, cada espejismo espantado, cada whisky a medias, cada paso para retroceder, cada palabra sin pronunciar, cada latido apagado, cada sonrisa no compartida, cada mañana que no llega, cada minuto interminable en el banco del parque, cada vacío, cada frío sin lluvia, cada lluvia sin ti….

Cada cada es tan sólo el principio de muchos puede…

… y sal, ven, mira… la luna sigue ahí…