Feliz día de Sant Jordi



Son los ojos, en combinación con la sonrisa, en combinación con la luz del rostro, o con la expresión tranquila de sus manos, y también el paisaje que sirve de fondo y de contraste…, todo está premeditado para que el espectador se sienta conmovido de una manera especial.
No quisiera parecer demasiado rebuscado al decir que es como si el pintor hubiese querido deliberadamente que se mirase este cuadro, por decirlo así, de forma íntegra, total, sin que el pensamiento intervenga más que para permitir la percepción.
Y de este simple mirar por mirar, sin ninguna intención, es de lo que estamos hablando. El funcionamiento del pensamiento va del pasado al futuro; no puede dejar de hacerlo: el pasado interfiriendo en el presente y proyectándose en el futuro: pensamiento. El ahora es la confluencia del pasado y del futuro: lo que soy lo estoy siendo ahora.
Entonces, ya que en este ‘ahora’ es donde se cuece todo lo que vivimos, entonces habrá que prestarle más atención.

Me fascinan, más que las que sirven para todo, las cosas que no sirven para nada. Papeles de colores. Pegatinas. Miniaturas en metal de mírame y no me toques. Esos objetos transparentes rellenos de un líquido azul que nunca se mezcla con el agua.
Pero no sólo las que nunca han tenido utilidad alguna: también las que sirvieron y se han estropeado. Pulseras sin cierre, paraguas que no se abren, máquinas de escribir rotas, lápices sin mina. Y cosas sin pila, sin cable, sin cuerda. Se mueven a un ritmo diferente, según el humor del día, algunas ni siquiera se mueven. No les importa no tener una función específica: simplemente están ahí, como los buenos amigos.

‘Siéntate y estáte callado; que te estés callado.’ Es la voz de mi madre.
Una y otra vez. Las maestras de la escuela también lo decían. ¿Por qué los adultos siempre decimos esto? No puedo recordar de ningún niño que se siente en silencio simplemente porque algún adulto se lo diga. Eso explica, entonces, por qué varios ‘siéntate en silencio’ acostumbran a ir seguidos por un ‘SIÉNTATE Y CIERRA LA BOCA’ o por un ‘CIERRA LA BOCA Y SIÉNTATE’. En cierta ocasión, mi madre utilizó ambas versiones y yo, que no he tenido nunca pelos en la lengua, le pregunté solamente qué deseaba que hiciera primero, si sentarme o callarme. Mi madre me echó una mirada…, una de esas que significa que ya sabía que iría a la cárcel si me asesinaba, pero que podía ser preferible a tener que aguantar mis impertinencias. En un momento así, un adulto dirá mordiéndose las palabras y dejándolas escapar de la boca una por una: ‘Quítate-de-mi-vista.’ Cualquier niño que tenga por lo menos medio cerebro se levantará y se marchará. A continuación, el padre podrá sentarse en medio de un silencio absoluto.
De todas maneras, sentarse en silencio puede llegar a convertirse en una acción cargada de fuerza. Una vez alguien se sentó en silencio y encendió la mecha de la dinamita social. Ese día de 1955, una señora de cuarenta y dos años volvía a casa acabada la jornada laboral. Cogió un autobús del transporte público, pagó el billete y se sentó en el primer sitio que encontró vacío. Qué bien ir sentada cuando tienes las piernas cansadas.
Cuando el autobús se llenó de pasajeros, el conductor se dio la vuelta, y le dijo que se levantara y se fuera a la parte de atrás del autobús. Ella siguió sentada. Los pasajeros comenzaron a quejarse, la empujaron, le dieron empellones. Ella se mantuvo sentada. Entonces, el conductor bajó del autobús, llamó a la Policía y éstos vinieron a detenerla para hacerla entrar en la cárcel y en la Historia.
Rosa Parks no era una activista ni una radical. Simplemente era una mujer tranquila, conservadora, que iba a la iglesia, con una preciosa familia y un trabajo decente como costurera. A pesar de su elocuencia de las frases que se han utilizado para explicar el lugar ocupado por ella en el curso de la Historia, no cogió aquel autobús con la intención de causar problemas o tratando de hacer una declaración de principios. En su cabeza sólo estaba regresar a casa, como cualquier otra persona. Se mantuvo aferrada a su asiento por pura dignidad personal. Simplemente Rosa Parks no volvería a ser nunca más una ‘negra’ para nadie. Y todo lo que supe hacer fue sentarse en silencio.
Había una vez un dualista que creía que mente y materia son dos sustancias separadas. No pretendía saber con exactitud cómo actuaban recíprocamente.
Era uno de los ‘misterios’ de la vida. Sin embargo, estaba seguro de que eran dos sustancias separadas.
Este dualista llevaba, por desgracia, una vida de insoportable sufrimiento, no por culpa de sus creencias filosóficas, sino por razones muy diferentes.
Además tenía fehacientes evidencias empíricas de que nunca en su vida conocería alivio para sus penas. No ansiaba otra cosa más que morir, pero se detenía ante el suicidios por razones tales como: (1) el deseo de no herir a otros con su muerte, (2) el temor de que el suicidio fuese condenable desde el punto de vista moral, y (3) el temor de que pudiese haber una vida ultraterrenal, en vista de lo cual no deseaba correr el riesgo del castigo eterno. Por todo ello nuestro pobre dualista vivía desesperado.
¡Y entonces se registró el descubrimiento de la droga milagrosa! Su efecto en quien la consumía era aniquilar del todo el alma o la mente, pero preservando el funcionamiento del cuerpo exactamente como antes. No se observaba el más mínimo cambio. El cuerpo seguía actuando como si aún tuviese alma. Ni el amigo más próximo, ni tampoco el observador más atento podrían saber en modo alguno que la persona hubiese tomado la droga, a menos que éste así se lo informase.
¿Cabe creer que tal droga es un imposible, en principio? Suponiendo que la creamos posible, ¿la tomaríamos? ¿Consideraríamos inmoral tomarla? ¿Es equivalente al suicidio? ¿Hay algo en las Escrituras que prohíba el uso de tal droga? Ciertamente el cuerpo de quien la haya consumido seguirá cumpliendo todas sus responsabilidades en la Tierra. Otra pregunta.
Supongamos que nuestro cónyuge tomase la droga y nosotros lo supiésemos.
Sabríamos entonces que él, o ella, no tienen ya alma, pero actúan tal como si la tuvieran. ¿Amaríamos menos a nuestro cónyuge?
Pero volvamos a la historia. ¡Nuestro dualista estaba, sin duda, encantado!
Ahora podía aniquilarse (es decir, aniquilar su alma) de una manera que no era blanco de ninguna de las objeciones ya señaladas. Por primera vez en años fue a acostarse con el corazón lleno de alivio, diciéndose: ‘Mañana por la mañana iré a la farmacia y compraré esa droga. ¡Por fin se acabará mi vida de sufrimiento!’ Con esta idea se durmió apaciblemente.
Ahora bien, en este punto ocurrió algo curioso. Un amigo que estaba enterado de la existencia de la droga y que conocía los sufrimiento del dualista decidió salvarlo de tanto dolor. En mitad de la noche, pues, y mientras el dualista dormía profundamente, el amigo fue con gran sigilo a casa del dualista y le inyectó la droga en las venas. A la mañana siguiente el cuerpo del dualista despertó -sin alma ya- y lo primero que hizo fue ir a la farmacia a comprar la droga. La trajo a casa y antes de tomarla dijo: ‘Voy a liberarme ahora’. La tomó, entonces, y aguardó el plazo durante el cual la droga debía actuar. Transcurrido dicho intervalo, exclamó enojado: ‘¡Vaya, la droga no me hizo el menor efecto! ¡Es obvio que sigo teniendo alma y que sufro tanto como siempre!’ ¿No sugiere este historia que quizá haya algo que no marcha del todo bien en el dualismo?
Por Raymond Smullyan.

Reírse es una de esas pocas cosas que, siendo buena, no está prohibida, ni es pecado, ni tan siquiera engorda. Los niños se ríen unas noventa veces al día, los adolescentes unas veinte y en cambio la mayoría de los adultos apenas cinco, y ¡eso que es gratis!.
Sé que el mundo así en general no está para muchas carcajadas, pero hasta esos manuales escritos por psicólogos de barba, gafas y aires profundos, recomiendan que, para seguir adelante en la sociedad inestable en la que nos tenemos que desenvolver, la risa es el mejor antídoto.
Además el pesimismo es contagioso y eso ya debería de ser suficiente motivo para no aguantarlo. Saber reírse de uno mismo desdramatiza los problemas y te hace disfrutar de las cosas más sencillas. Ya sé que no es fácil, cuando en un mismo día los sentimientos parecen una montaña rusa, se hace difícil no sacar ese lado quejica y envolverse en la autocompasión, sin embargo nada como una sonrisa para empezar a ver el lado bueno de las cosas.

La infancia es un territorio luminoso que, quien más o quien menos, añora. Pero también es un espacio donde se dan situaciones pesarosas, muchas de las cuales la mayoría hemos preferido olvidar. Por lo que a mí respecta, una de las cosas más tediosas, se daban en el colegio. ¡Esa gravosa obligación de hacer todo los días lo que menos te gustaba! Claro que había asignaturas que me gustaban más que otras. Una de las que menos me gustaban era historia y geografía ¡Tenías que aprender de memoria tantas palabras complicadas, indescifrables, inútiles…! Lo malo de la infancia es que la abrumadora lógica de tu inocente y joven corazón choca siempre con la lógica exterior que dictan los adultos. Y la mayor parte de nosotros nos rendimos a esa exigencia sin llegar a saber que estamos perdiendo lo mejor de nosotros. Por eso me caen siempre muy bien las personas con corazón de niño.
Nunca pude aprender al completo, por ejemplo, la lista de las capitales del planeta, por ejemplo, Nouakchott, Tananarive o Dar es Salaam. Imagínate: si ya costaba saberse los nombres de las regiones y provincias españolas, ¡qué sucedería con los centenares de topónimos del ancho mundo!
La vida es una sorpresa: yo estaba peleado con la geografía y la historia y acabé por ser un vicioso de los viajes. Y el milagro se produjo. Empecé a pisar sobre los nombres. Quiero decir que puse los pies sobre la realidad de muchos de aquellos topónimos que martirizaron mi infancia. Y al caminar sobre ellos, al sentir sus olores, al contemplar su geografía real con mis propios ojos, me quedé extasiado con muchos de ellos. Y ninguno de sus nombres se ha borrado de mi memoria por más que no haya puesto el menor empeño en aprendérmelos. He visto Sandanski, Teotihuacan o Abul Simbel y he visitado dos veces Niza, he deambulado por Dublín… Fijas en tu memoria los nombres de esos lugares, como el de el/la chic@ que te gustó durante una temporada cuando te sentabas en el colegio en el pupitre a su lado. ¡Cómo vas a olvidarlos nunca si alguna vez estuvieron en tu corazón! La geografía se transforma en un acto de amor cuando empiezas a viajar. Creo que, si volviera a estudiar, se convertiría en mi asignatura favorita y siempre obtendría sobresaliente. Pero, claro, dedicaría seis meses al estudio y otros seis a patear la Tierra.
Estoy enamorado de muchos de los lugares que he visitado. Son nombres que me transmiten aromas, sabores y sonidos. Esa es mi geografía.

Dos. Como una imagen y su reflejo. ¿Quién la imagen y quién el reflejo?. Como tu pupila abierta, midriática, inmensa y negra. Como dos almas que han perdido los límites. Como dos mentes que han perdido los límites. Como si mi mente hubiera abierto sus puertas al mar y todo entrase en la misma ola. Como dos en el trapecio. Como ir el uno hacia el otro por el mismo alambre de funambulista. Mírame de frente. Mírame fijo para que no me caiga. Esta vez no hay red.
Como mariposas en el estómago. Como la marca de tus dientes. Como que yo siento tu temblor y tú el mío.
Llueve. Y donde estás tú diluvia. Como dos imágenes ante el espejo para hacer nacer a la que es mezcla de ambas.
Contiguas. Como las dos piezas de una misma fractura soldándose.
La niña en el punto de información de los grandes almacenes. Con los ojos abiertos como platos de susto. Temblando.
Cuando viajas literariamente recorres tres veces, al menos, el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Sin duda es la forma más rentable de viajar. Y la más honda, porque escuchas y ves con oídos y ojos más atentos. Recuerdo aquello que decía Don Quijote: ‘¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?’
– Javier Reverte.

Hay ciertos sentimientos que se parecen a estar de pie en medio de un campo de lavanda. Si no has estado en la Provenza, empápate un pañuelo de esencia de espliego e intenten recordar los cuadros de Cezanne o de Van Gogh. Explosión. Inercia. Trazos y llamaradas. Olores. Tomates frescos y jugosos, pan de tahona y aceite de oliva. La siesta bajo un árbol. La brisa tibia. La pachorra de la canícula. La suavidad aromática de las noches.