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Categoría: Microcuentos

Una mujer cualquiera

Una mujer cualquiera

Una mujer cualquiera, incluso una cualquiera
cuando abandona la posición vertical
e imita la de las aguas tranquilas,
hace girar a la tierra 90 grados.
El valor de un ángulo recto.
Esto es, cambia todas las perspectivas.

– Francisco Ayala. Cazador en el alba

Todo es pasajero y prematuro

Todo es pasajero y prematuro

Enséñame el nombre de las cosas.
Explícame por qué crecen las plantas, por qué se hunden sus raíces. Dime qué color es cada color, uno a uno. Por qué brillan el sol y la luna. Cuéntame de dónde vienen las palabras, cuéntame a dónde van las palabras, dime una a una todas las palabras que sepas. Con deleite me sentaré a escucharte…
Dime por qué todo es pasajero y prematuro.

El viaje perfecto

El viaje perfecto

No será ese tu problema, no serán esos tus fantasmas, no tendrás travesías en el desierto ni espejismos a pie de ruina; no vendrás de ninguna parte ni tendrás que ir a otra, porque habrás encontrado un camino hecho para tus pies y adaptado a tu forma de cansarte, con los compañeros de viaje que elijas y un destino todo lo indefinido que tú quieras. No tendrás que elegir nada.

La felicidad no está donde la buscas

La felicidad no está donde la buscas

Nasrudin vio a un hombre desconsoladamente sentado a un costado del camino y le preguntó qué le preocupaba.
-No encuentro interés en la vida, hermano -dijo el hombre-. Mi capital es suficiente como para no tener que trabajar y este viaje lo hago en busca de algo que dé interés a la vida que llevo. Pero, hasta hoy, no lo he hallado.
Sin hablar, Nasrudin tomó la mochila del viajero y salió corriendo como una liebre. El conocimiento que tenía del lugar hizo que tomará ventaja.
La carretera tenía una curva; Narudin cortó distancia a través de varias vueltas y pronto estuvo otra vez en el camino, en el lugar de donde antes había partido. Puso la mochila a un lado del camino, se escondió y esperó a que el otro la recogiera.
El infeliz viajero pronto apareció en las vueltas del sendero, más desconsolado que nunca por la pérdida. Cuando vio su mochila allí, corrió hacia ella gritando de alegría.
-Esta puede ser una forma de conseguir felicidad -dijo Nasrudin.

Beatriz y Julián

Beatriz y Julián

Julián caminaba. Llovía. Hacía viento. Su rostro no podía decirse que fuese igual al del resto de la gente con la que se cruzaba por la acera. No era más feo que cualquiera, ni tampoco más guapo. Era de esos rostros que pasan desapercibidos. Rostro de gente con la que te puedes cruzar todo el día por la calle y pensar que es la primera vez que lo ves. y pensar que nunca le has visto, ni tan siquiera pensar en ese rostro, ni tan siquiera reparar en el.

Julián es feliz.

Beatriz volaba. Bajo el sol. Sobre las nubes. Su rostro vibraba ante la quietud del rostro del resto de la gente que puede volar y vuela por el cielo. No era más guapa que cualquiera, ni tampoco más fea. Era de esos rostros que te hacen dar la vuelta cuando se cruzan frente a ti, haciéndote preguntar -«¿por que me he dado la vuelta?, ¿que ha sido lo que he visto?». Te hacen temblar cuando los ves pasar por segunda vez mientras piensas que esta vez descubrirás el secreto de su belleza oculta y manifiesta.

Beatriz es feliz.

Beatriz conoció a Julián y le enseñó a volar, y tanto le amaba que quiso hacerse como el, hacerse un caminante. Julián conoció a Beatriz y le enseñó a caminar, y tanto la amaba que quiso hacerse como ella, una voladora. Vivieron en un nido, luego en una cabaña, y después cada uno en su hogar. Separados, lejos. Y nunca volvieron a compartir nada mas. Como en todas las historias de juegos de amar.

Julián ahora solo sabe volar, pero no se atreve porque el hacerlo le recuerda a Beatriz. Beatriz ahora camina, pero no se atreve porque el hacerlo le recuerda a Julián.

Por eso permanecen quietos, a la espera de conocer a alguien que les enseñe a moverse y que quiera aprender a estar quieto.

Cien

Cien

Cien señales, cien mañanas, cien palabras una tras otra, como hormigas, cien esperanzas, cien sueños como islas, cien momentos contigo, cien recuerdos, cien miradas, cien susurros, y caricias, cien espacios sin ti, cien luces, cien amaneceres, cien sonrisas, cien abrazos con beso y otros cien sin el, cien canciones, cien versos, cien botellas lanzadas al mar, unas veces con respuesta, otras sin ella, cien rincones, cien piedras de colores, cien pensamientos, cien anotaciones, … cien besos para ti.

Un recuerdo

Un recuerdo

Me pidió un recuerdo, y no supe que traerle. Pensé en traer la sombra de la encina que nos cobijaba cada verano en la plaza, pensé que sería bonito llevarle un pedazo del tejado de la iglesia, o el charco de la fuente de la alameda. Hasta quería haber cogido el sonido de las manzanas cuando caían maduras en el prado. O la mirada perdida del gato de doña Julieta, que siempre le ronroneaba cuando pasaba. ¡Pensé en tantas cosas!, que al final no supe que hacer.

Los pendientes

Los pendientes

Un pequeño fragmento, que me pasó una amiga, de una novela titulada «Las historias de Marta y Fernando», de Gustavo Martín Garzo…

‘Marta se puso estremecida los pendientes, pensando que muchos años atrás su abuela, y tal vez su madre, se los habían puesto ante aquel mismo espejo, con la cabeza llena de sueños. ¿Recordaban esos sueños a los suyos? Le pareció que todos los sueños de las mujeres eran semejantes, porque todos tenían que ver con las ansias de ser amadas. También que, cuando se miraban al espejo, todas experimentaban la misma sensación de agotamiento y de irrealidad que ahora sentía ella. Porque intuían que, en el fondo, eso no era posible.’

La niña más valiente del mundo

La niña más valiente del mundo

La niña más valiente del mundo no dibujaba soles amarillos porque el terror le incendiaba de vértigo las venas.
Le salían sin querer bocas selladas -no digas nada, es nuestro secreto- y firmaba con trazo tembloroso para que no sospecharan las maestras.
La niña más valiente del mundo se abrazó rota a su peluche roto y rogó cada día «Por favor, aún no llegues, Noche».
Seis domingos enterró notas de socorro en la arena para ser fuerte, para hacerse invisible.
La niña que nunca rompió el pacto, la que se mordió los labios, la que se echó la culpa de todo, la que quiso comprender y no pudo la que durante siete mil quinientos días pidió permiso para el grito y la risa era la niña más valiente del mundo.
Nadie lo sabía, pero yo ahora lo sé.

Una mujer y un hombre se quiere

Una mujer y un hombre se quiere

Un hombre y una mujer se quieren. Y aquí podría acabar la historia si no fuera porque un día el hombre sorprende a la mujer con otro hombre. Ella dice que le quiere pero él no la cree. Él dice que ella no puede querer a los dos. Un hombre, una mujer y un hombre se quieren.

Él se va pero sigue queriéndola. Ella lo recuerda y sigue queriéndolo. Un día él encuentra a otra mujer. Ella dice que le quiere pero él no se deja.
Él dice que la quiere, aunque no puede olvidar a una mujer. Un hombre y una mujer y un hombre y una mujer se quieren.

Etcétera.