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Categoría: Microcuentos

La noche prometida

La noche prometida

Él le prometió una noche sobre el mar. Y ella contaba los días que faltaban con los dedos. Ella soñó las dunas bajo su espalda. Él encontró el modo de inventarle sábanas blancas y un ventanal a ese sueño. Lo importante era que el mar se escuchase entre las respiraciones contiguas. Dentro. Sobre. Bajo. Contra. Alrededor. Lo demás sobraba.

La mendiga

La mendiga

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su platillo de porcelana de Sèvres pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.
A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.
Curiosamente, los que pasaban le iban dejando monedas o billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.

Un microcuento de Mario Benedetti.

Dos corazones

Dos corazones

Santiago tiene dos corazones, con uno late y con el otro palpita. Con uno sueña y con el otro vive. Pero con ambos se enamora y siempre a destiempo. No alcanza a completar el deseo con uno, que el otro despierta acelerado y el primero inevitablemente se apaga. Cansado de amores a medias, Santiago busca una mujer que le rompa el corazón justo a tiempo. Solo así se hallará completo.

El tren pasa

El tren pasa

 

El tren pasa cuando cruzo el puente sobre la vía y bien pudiera ser que eso no fuese un tren, sino mi vida. Y el tren pasa, y yo lo miro, pero nunca viajaré dentro. Y me pongo triste pensando en que preferiría ir sentado en uno de sus asientos azules, mirando por la ventana y escuchando el estruendo al avanzar. Pero el tren pasa y yo me quedo. Y me imagino llegando a la estación fría donde ella me espera en el andén. Nos miramos por un momento y después sonríe, sonríe esa sonrisa bendita que me hace sentir bien y que no sé de donde viene. El tren pasa y ya casi no le veo. Puedo sentir su mano en mi mano y oír como respira entrecortada por el frío. Es invierno y aunque la noche es oscura, veo sus ojos brillar. Me imagino su voz contándome cosas y casi me parece oírla.

Cuando abro los ojos, el tren se ha marchado y yo sigo aquí, apoyado en el cristal empañado con mi aliento, y soñando, soñando con marcharme en el tren que ya no veo.

Tenue presencia

Tenue presencia

 

En las tardes de invierno, cuando cae el crepúsculo pero todavía no lucen las farolas de la calle, existe un momento en que la claridad exterior resulta ya insuficiente para iluminar la casa y, sin embargo, parece aún demasiado temprano para encender lámparas y candiles. La penumbra se enseñorea entonces de las habitaciones y suelen producirse, a veces, pequeñas y misteriosas visiones que acaso nos hablen de una realidad distinta.

En una tarde así sucedió que, en el momento en que atravesaba yo la sala camino de mi cuarto, noté cómo súbitamente bajaba la temperatura al tiempo que percibí con el rabillo del ojo, en el reflejo que me devolvía la vitrina, una tenue figura junto a mi hombro que me susurraba quedamente: -Mira en el espejo y poseerás el conocimiento absoluto-.

Sobrecogido, sin miedo pero con inquietud, me abalancé sobre el interruptor y, en cuanto la luz disolvió el embrujo que me rodeaba, me giré excitado hacia el espejo de la entrada. No había nadie más en la estancia pero, por un instante, antes de que se evaporase el vaho que cubría su superficie, creí leer en el cristal: -Hay gente que se cree cualquier cosa-.

Salta

Salta

 

– ¿Me quieres, verdad? –le preguntó.
– Sí, más que a nada en el mundo.
– ¿Confías en mí?
– Por supuesto.
– Entonces salta. Si te digo que puedes volar, puedes.
– Está muy alto, cariño.
– Salta de una vez.

Y saltó. De pronto se sentió ligero. Extendió los brazos, ahuecó las manos y empezó a planear. No era volar exactamente, pero sí le sirvió para aterrizar suavemente en el patio. Ella, subida en la azotea, le miraba asombrada.

– ¡Es fantástico! –le dijo-. Ahora salta tú.

Movió la cabeza, negando. Su cara ya no reflejaba asombro, estaba asustada. Luego se fue corriendo.

Deslumbrado

Deslumbrado

La oscuridad era mi amiga. Negro mi universo. Desconocía los amaneceres. Un día mi amiga la noche me presentó a su hermano el día. El penetró por mis ojos llenándolos de luz. Desde entonces vivo deslumbrado.

Una casita de montaña junto al mar

Una casita de montaña junto al mar

 

Esa era una montaña especial porque a distancia de meses conservaba magias y hechizos sólo para ellos. En la lejanía, además de los prados, se veía una construcción entre los árboles. Era una bella casita, pequeña pero acogedora, en resumidas cuentas un nido de amor creado sólo para vivir sueños. Del exterior aparecía a los ojos de los demás como un anónimo refugio de montaña pero, sólo asomándose a la ventana del salón se podía comprender la importancia de todo. El panorama era un… panorama que quitaba el aliento: un infinita extensión azul… el mar: era una casa en montaña pero que asomaba al mar. Había decidido él todo, también vivir allí junto a ella en un día de una calurosa primavera. Poca decoración, simple, pero elegida con cuidado y con amor, sólo el amor podía hacer todo tan especial. Entrando, enseguida se notaba que la música reinaba en esa casa: un equipo HI-FI lanzaba notas melódicas de canciones invernales cálidas e irresistibles, un poco más allá una colección de Alan Parsons llenaba una librería de madera clara cargada también de libros, CD y cassettes. En bajo al centro, un cajón inviolable, como lo llamaba él con tantos secretos para no olvidar jamás. Al centro, propio encima del pomo para abrir el cajón, una concha un poco especial que olía a amor y a mares lejanos. Se notaba sin embargo la presencia femenina en casa porque sobre la mesita, de frente, en el moderno sofá azul había un bonito ramo de flores de campo coloradísimo y más allá una graciosísima colección, cerrada celosamente en una cristalería, de miniaturas de perfumes nuevos y antiguos todos perfectamente alineados. El salón-entrada era el lugar donde él y ella adoraban pasar las noches. En cocina, pocas cosas ordenadas cuidadosamente: una cesta llena de revistas por un lado y una ventana con un buen balcón desde donde se podía respirar el olor del mar abrazados, columpiándose lentamente en ese viejo columpio recibido en regalo de algunos amigos. En el estudio…. un viejo PC abandonado desde hace tiempo, tantos libros y un buen escritorio puesto cerca de la ventana. El dormitorio es un secreto; es suficiente decir que una cama grande dominaba la habitación dándole un toque cálido, alegre y muy romántico. Allí habitaban y vivían sólo para amarse y para poder contar el uno con el otro, para saborear cada momento único e irrepetible que la vida les estaba ofreciendo y allí, sólo ellos contra un mundo entero. Eran felices y eso era suficiente. La felicidad soñada y ya alcanzada, parecía haber borrado las mil incomprensiones, las mil disputas y las infinitas lágrimas de ella antes de tener la certeza que ese fuerte quererse no era un juego para ninguno de los dos mas sólo el miedo insensato de un amor mágico y impetuoso. Un amor que hace olvidar todo y a todos, una pasión que quita el respiro, y la seguridad de haber encontrado juntos lo que se buscaba durante toda la vida: la serenidad de vivir, sin preocupaciones, libres de toda turbación. Ellos tan iguales y tan diferentes habitarán para siempre en esa casita, con aquel dulce secreto en el corazón: todos sus sueños estarán encerrados allí, porque finalmente sólo un juego los ha vuelto mágicos e invulnerables: el juego de la verdad, el juego de la claridad que les ha llevado a abrirse completamente el uno al otro para poderse revelar y donarse el encanto, la magia y la pasión encerrados en los preciosos universos escondidos dentro de ellos. Una casa de montaña asomada al mar…

La máquina de los sueños

La máquina de los sueños

A veces, me da por inventar máquinas. No hace mucho ideé una para soñar.
Cuando le hablé a mis amigos del asunto, se rieron de mí y me acusaron de estar demente. «Para soñar -argumentan- sólo es preciso dormir, o si se está despierto, pensar en cosas inalcanzables». Yo, a la vez me río de ellos. Y como deseo soñar algo que me satisfaga, me acuesto en la cama, pongo alrededor de mi cabeza unas cintas conectadas a un estimulador eléctrico, -que a su vez está conectado a un aparato donde he seleccionado lo que deseo soñar- y espero a que venga mi historia.

Este último tiempo he deseado soñar que tengo alrededor de 25 años, que las ideas para escribir son tan variadas y abundantes, que resulta una delicia estar conectado a la máquina. Es así, como he escrito versiones mejoradas de «La Biblia», de «El Decamerón», de «El Quijote de la Mancha», etc.

Cuando despierto, me queda la sensación de haber rebasado los límites de la cordura, y sólo me asiste el deseo de volver a los sueños de mi pobre realidad.

Podridos en el espacio

Podridos en el espacio

La noche era cerrada.
Los hombres verdes llegaron de su oscuro planeta y se esparcieron por todo el territorio elegido para el gran ataque.
En pocas horas más la Tierra estaría perdida.
Se alistaban para atacar, cuando el Sol salió; los hombres verdes comenzaron a madurar, y su cambio de color los avergonzó de tal manera, que colorados como estaban regresaron a su planeta de origen.
No fueron aceptados por la discriminación racial, muriendo poco después, podridos en el espacio.

~ Un microcuento de Marcelo Rolle