Por si las moscas…

Por si las moscas…

San Agustín se confesaba ignorante respecto a la razón de Dios en crear a las moscas. Lutero resolvió más atrevidamente que habían sido creadas por el diablo, para distraerlo a él cuando escribía buenos libros. Esta íntima opinión es ciertamente plausible.

Alma swahili

Alma swahili

 

Ayer leí una cosita que me gustó bastante y que me hizo reflexionar. Explica Abdullah -desde su punto de vista cultural swahili- que su cultura multirracial -los swahilis es una etnia cuyos orígenes provienen de árabes, somalíes, bantúes, etc- se le podría comparar a un viaje en circulo, es decir una civilización circular. Él se considera un hombre circular, ya que nunca quiso ir a un punto en el horizonte, al contrario de lo que hacen los europeos, siempre obsesionados por el futuro, empeñados en llegar siempre a alguna parte. El alma swahili vuelve siempre sobre sí misma, galopando sobre los monzones. Salen del pasado y vuelven al pasado después de darse una vuelta por el futuro. Los occidentales son distintos: gastan su vida destruyendo el pasado y cuando alcanzan el futuro ya están viejos y cansados. El hombre es sólo memoria y regreso.
Como reflexión no está nada mal. Creo que en parte tiene razón. Como integrante de una sociedad occidental no tengo muy claro adónde vamos a llegar con este progreso que nos empuja continuamente sin tregua. Hay cosas que corren más que nuestro propio desarrollo intelectual y si no llegamos a digerir todo lo que nos arrojan, difícilmente conseguiremos una perfecta armonía con nuestro entorno social. Tenemos que estar continuamente luchando, abriéndonos paso, consumiendo, sin darnos tiempo a pararnos durante unos instante y reflexionar sobre el camino recorrido.

Bricando de estrella en estrella

Bricando de estrella en estrella

Cuando las ciudades se llenan de recuerdos es espantosamente bello, pues es entonces que puedes respirar aires antiguos y llenar el alma de dulces memorias. Y tienes la oportunidad de tocar tu piel con suelos recorridos, con texturas provocadas por el pasado. Había una vez una cascarita de naranja… pedazo de cielo. La serena aceptación de lo que es… Que serena la noche, que sereno el viento y el frío dulzón que juega con mi cabello y mis ojos correteando por mi espalda y nadando entre los dedos de mis manos.
Tranquilidad y sosiego. Ando pero no estoy, pues navego brincando de estrella en estrella…

Loca de amor

Loca de amor

Parado en una esquina se encontraba el hombre más bello del mundo. Los ojos azules como el cielo eran un relámpago en la oscuridad. Su sonrisa acababa la tristeza de los afligidos. Su piel dorada como la arena irradiaba la suavidad de la seda. Su cuerpo duro como el acero, congeniaba con un corazón tan tierno como el de un bebé recién nacido. Esa fortaleza exterior no ocultaba el melado que llevaba por dentro. Ese físico tan perfecto, y esa alma tan noble, hacían realidad todos sus sueños. Sin poder soportar tanta belleza, cayo postrada a sus pies enloquecida de amor.

Coleccionar cualquier cosa

Coleccionar cualquier cosa

 

Tengo un terrible defecto. Puede que sea una virtud, quizá para unas cosas sea una virtud y para otras sea un gran defecto. Guardo cosas… lo guardo todo. No, no es que vaya por ahí recogiendo cosas de los contenedores. La «boutique de noche» que llama un amigo mío. Pasa uno toda la vida guardando cosas. Acumulándolas. Libros, discos, apuntes, fotos, ropa, revistas… un montón de cosas que lo ocupan todo y parecen muy importantes. Llevo muchos años introduciendo registros en una base de datos hecho para tal propósito: mi colección de discos, libros, sellos, etiquetándolo todo, y…
¿Recuerdas la época en la que coleccionabas recortes de cine? o ¿pegatinas? o ¿cualquier cosa como el más preciado tesoro? y años más tarde, un día, te pones por cualquier motivo a sacarlo todo, a embalarlo, y descubres que todo eso no es importante, que lo que hace que te de un vuelco el corazón es un trocito de papel con unas palabras escritas cuando eras crío, o un collar hecho de semillas de aquel verano hace tantos años, o una postal que te envió un amigo desde Praga.

Si tuviera que salir corriendo porque mi casa ardiera, cogería a… no lo sé. Y las cosas que echaría de menos, mis cosas favoritas serían esas pequeñas cosas irremplazables y lo demás lo tiraría gustoso preferiblemente con una catapulta.

Permanencia vital

Permanencia vital

Es extraño ver como pasa la vida, y como hay cosas que antes fueron vitales, y hoy, sencillamente, no son nada. Sin embargo hay otras, que a pesar de que el reloj no detiene su marcha, siguen ahí, y permanecen hasta este momento conmigo; a pesar de todo, sigo soñando, y estoy convencido de que, de esos grandes sueños nacen esas realidades, que se agigantan mientras, como puedo, voy tratando de vivir intensamente.

Venusinas

Venusinas

 

Las primeras llegaron al comenzar el mes de mayo. Eran tan bellas que hicieron soñar a los hombres a lo largo de los días y a lo largo de las noches.
Poco se tardó en saber que no eran nada hurañas, y los hombres se transmitieron la nueva. Hacían el amor con tal refinamiento, que dejaban muy atrás el ardor de sus rivales terrestres. El número ya grande de solteras aumentó.
Y seguían cayendo del cielo, más deseables que nunca, eclipsando a la mujer más maravillosa. Sólo el amor contaba para los hombres, y ellas no envejecían.
Mucho tiempo paso antes de que se dieran cuenta de que eran estériles.
Así que, cuando medio siglo más tarde sus robustos amantes llegaron de Venus, sólo quedaban en la Tierra hombres decrépitos y mujeres ancianas.
Tuvieron con ellos muchos cuidados y los trataron sin brutalidad.

Un microcuento de Pierre Versins.

Melancolía

Melancolía

 

Leyendo una cita de Víctor Hugo, la cual dice ‘La melancolía es la felicidad de estar triste’ me puse a reflexionar. Me considero una persona melancolía por naturaleza. Disfruto con ello. Por eso cuando leí dicha cita, me sentí reflejado en ella.
Me gusta recordar determinados escenarios, coloridos, tonalidades en el ambiente. Disfruto con la ‘déjà vu’, esa sensación de estar viviendo algo que ya habías vivido antes. Puede ocurrir con el simple mirar de las nubes, o el color del cielo. Entonces trato de recordar a que momento de mi vida me recuerda todo aquello.
Difícil ubicación. Los días se acumulan de tal forma que se pierde la cuenta. Quedan lagunas en el recuerdo. Momentos que pasaron sin pena ni gloria. Es lo que no me gusta del pasado, el olvido.
Pero bueno, creo que me estoy desviando del tema cuando mi pretensión es la de dar sentido positivo a la melancolía.
Muchas personas detestan la melancolía. Son aquellos que tratan de olvidar. Yo no tengo por qué olvidar por eso me regocijo en ella.
La dulce melancolía responde expresamente a momentos tiernos, que quizá, en el momento de ser vividos eran simples momentos sin importancia. Sin embargo, con el transcurrir de los años se tornan en momentos claves de nuestra vida, no por hecho de ser un acontecimiento extraordinario, sino más bien porque marcan una etapa en nuestra senda vital.

El perro cantor

El perro cantor

 

Uno de los libros que más han marcado mi infancia y del cual guardo un grato recuerdo, sin lugar a dudas, hay sido: «La leyenda del Lobo Cantor», de George Stone. Una fábula conmovedora, sensual, de las que consiguen llegar a lo más íntimo de tu alma. Cuenta la leyenda, que hubo un tiempo en otro lugar, donde los lobos perdieron su canto y cómo después lo recuperaron, consiguiendo así la esencia de su alma. Un canto a la vida…

«El cielo eterno esperaba sobre el paisaje terso y cubierto de nieve.
Esperaba en silencio. Sin respirar. Y entonces llegó, imperceptiblemente, sin un principio exacto. Una música fantástica, aflautada. Extraños sonidos de sirena que se elevaban rápidamente y se arrastraban después en largas corrientes musicales que ondeaban en la noche. De pronto, una mezcla de estribillos guturales, fluidos, salpicando el coro misterioso. Resonando en la distancia y direcciones imprecisas. Como voces del tiempo. Los lobos cantaban.
Escuchar el canto del lobo es tener la experiencia de una expresión sensual, singularmente conmovedora, de lo selvático. Es un sonido de calidad insuperable, que parece fantástico e inhumano. Pero no irreal. Porque forma parte de la esencia de la criatura lobo: de su espíritu , de su ser, de su verdad. Es un canto trascendental que tomó forma innumerables milenios antes de que se definiese el tiempo. Algo elemental. Un grito vital desde el pasado. Una revelación del Universo mismo.»

Sin embargo, dice la leyenda que, en cierto período de su historia, los lobos no cantaban…

«El Lobo cantaba a la Montaña, que era orgullosa.
El Lobo cantaba para Todos.
Su Canto era de Amor. A la Tierra. A la vida.
La verdad de su Alma. Un arroyo sin fin.
Era ya antiguo cuando vino el Hielo.
En los tiempos de Dirus, el Gran Lobo Terrible.
Quien no siente este Amor, no puede cantar.
Y llamará maldad a la Canción. Indigna de los lobos. Así era Rufus. Rufus, el lobo tirano. El destructor.
Él y sus fieles se llevaron la Canción.
Y, durante milenios, el Cielo estuvo vacío.
Pero el arroyo siguió fluyendo. Uniendo el Pasado y el Futuro.
Dirus regresó.
Su búsqueda fue larga. Pero segura. Pues el Espíritu vivía, esperando. Liberado, resurgió su Poder. El Lobo recobró su libertad. La Tierra toda.
El Lobo canta a la Montaña, que es orgullosa. El Lobo canta para Todos.»

Olvidada

Olvidada

En ese frío rincón del universo estaba habitando ella. Casi nunca se movía, únicamente pasaba largos ratos mirando triste y profundamente su alrededor, casi sin parpadear, casi sin respirar, casi casi sin estar.
En momentos quería sentirse vencida, para poder tener una razón lógica de ese estado vegetal en el que se empeñaba existir, pero no podía la derrota tomarla suya.
En muy raras ocasiones, la madre luna llegaba a visitarla hasta allá, y acariciaba de una manera muy sutil sus mejillas, y era entonces cuando podía vencer un poco su naturaleza frágil, y volver a sentir que realmente existía.
Cuando nuevamente sola quedaba en ese espacio, reflexionaba con melancolía sobre tiempo atrás, sobre todo lo visto y vivido, sobre ese rincón que hoy en día era su hábitat, sobre los momentos de fugaz paz que desde llegada ahí, tenía de vez en vez.
En ese sitio no había ni tiempo ni espacio, lo único que sentía correr era el aire entre sus cabellos y su cuerpo, suave, muy suave.
Hubo una vez un momento, en que dentro de esa aparente quietud algo distinto sucedió. Su mejilla estaba húmeda, y era que unas lagrimas la habían bañado. ¡Ella estaba viva!