Paraíso perdido

Paraíso perdido

Esta mañana me dio por pensar en paraísos perdidos. Aquellos lugares de ensoñación donde todos nuestros deseos se hacen realidad, donde la gente vive feliz y en pura armonía… Es lógico pensar que cada uno tiene en mente su paraíso particular, dependiendo exclusivamente de las pretensiones de cada uno… La mayoría de estos lugares son pura utopía. Sitios imposibles de conjugarse en la realidad. Muchos escritores han recreado algunos de estos lugares idílicos, como Gabriel García Márquez en su Macondo de ‘Cien años de soledad’, Innisfree en la cultura celta, Cicely, etc…
Pero existe un lugar en el mundo que se acerca a ese ideal de paraíso perdido. Es más, en aquel lugar se rodó la magnífica película ‘Mediterráneo’. Se trata de la pequeña isla griega Kastellorizon, una isla de románticos, enamorados y escritores… El escritor y periodista Javier Reverte en conversación con la chipriota Helena, dice lo siguiente:

‘-¿Y qué ve de especial en Kastellorizon? -pregunté.
-No me diga que no lo nota. Es un lugar donde la gente es feliz. Y eso, en estos días, es casi un milagro.
-¿Está segura de que todo el mundo es feliz aquí? He visto algunos tipos malhumorados.
-Esos son los que no quieren que vengan extranjeros. Pero sonríen cuando no les miramos. ¿Es feliz la gente de su país?
-Unos sí y otro no.
-Como en Chipre. Yo me pregunto por qué la gente no aprende a ser feliz. Es muy fácil. Si tu ciudad no te gusta, te vas a otra. Si tu empleo te aburre, te buscas uno que te divierta. Si una comida la aborreces, pues no vuelves a probarla. Y si no estás enamorada de tu marido, le dejas y todo arreglado. Fácil, ya lo ve.
-¿Usted es feliz, Helena?
-Trato de serlo. Pero tengo seis hijas y esos supone que tengo que hacer de vez en cuando algunas concesiones al aburrimiento. Mi marido, por ejemplo, me cansa de vez en cuando. Pero es el padre de mis hijas, ¿comprende? De todas formas, me tomo unas vacaciones cada año y me relajo un poco del matrimonio. ¿Está usted enamorado de su mujer?
-Desde luego.
-Yo a mi marido le quiero mucho, aunque ya no es lo mismo que antes. Va demasiado a las tabernas…, para mi gusto. Pero tiene unos bigotes preciosos. Yo siempre he pensado que…’

Un par de labios

Un par de labios

parlabios

Un par de labios empezaron a hablar. Se dijeron cosas que yo no pude escuchar. Un par de labios se empezaron a tocar, lentamente, torpemente…
Un par de labios se estrecharon en una caricia íntima, carnosos y húmedos, como rosas abiertas. Una lengua se abrazó a la otra, una lengua se enroscó en la otra. La saliva de una boca empezó a ser la de la otra. Un par de labios se separaron. Un par de labios se dijeron adiós para siempre. Un par de labios se conocieron aquella tarde. Ya sé lo que se dijeron al principio: «Dame un beso», sólo eso, ¿para qué más?

Belum

Belum

En Indonesia existe una palabra de uso común que va retorciéndose como un alambre finamente a la necesidad de la existencia de blancos o de negros.
Tal palabra es ‘belum’ y significa algo así como ‘no mucho todavía’.
Precioso concepto que significa la posibilidad de continuar. ‘¿Hablas chino?’ ‘Belum.’ ‘No mucho todavía.’ ‘¿Tienes algún niño?’ ‘Belum.’ ‘¿Conoces el sentido de la vida?’ ‘Belum.’ Se considera inadecuado y cínico contestar ‘no’ a secas. Este estado de cosas conduce a situaciones graciosísimas. ‘¿Se está quemando el taxi?’ ‘Belum.’ No mucho todavía.
Se trata de una actitud parecida a la que se encuentra en el fondo de aquel viejo chiste de espectáculo de variedades: ‘¿Tocas el violín?’ ‘No sé, no lo he intentado nunca.’ Quizás. Puede ser. Posiblemente. Ni sí ni no, sino dentro del reino de lo posible. En esta larga travesía en autobús por la aventura humana se aceptan los márgenes flexibles.
¿Es éste el mejor de los mundos posibles? Belum.
¿Vamos caminando hacia el fin del mundo? Belum.
¿Viviremos felices eternamente? Belum.
¿Podemos funcionar sin armas de guerra?
No sé, no lo hemos intentado nunca.
¿Es posible creer que seríamos capaces?
Belum. Todavía no.

Primer recuerdo

Primer recuerdo

precuerdo

A veces me da por recordar los días de mi infancia. Muchas cosas aparecen en mi memoria como breves fotogramas, momentos fugaces. Supongo que es cierto que muchos días ves, oyes, vives cosas que te gustaría guardar intactas para siempre pero que al cabo del tiempo se olvidan o se recuerdan vagamente.
Yo creo que aunque dejes de escuchar el tono de aquella voz, el color de aquel paisaje o el olor de la casa de tus abuelos, hay sensaciones que siempre quedan. Puede que no sean recuerdos exactos, y puede que creas que ya no los tienes, pero de repente suena una canción en la radio y todo viene a la cabeza o hueles el PVC del balón hinchable de Nivea y todos los veranos con los primos y con todas las anécdotas parece que fueron ayer.
Tiene su lado bueno. También las cosas horribles se recuerdan con menos intensidad y se van de la cabeza al cabo del tiempo.
¿Cuál es el primer recuerdo que tienes? Es decir, ¿qué es lo primero que recuerdas de tu vida? ¿qué es lo primero que no has olvidado?…
Yo recuerdo muchas cosas de cuando era pequeño y gracias a mi madre he logrado saber cual de todos esos recuerdos ocurrió primero… aún no había cumplido 2 años… era en cuna… sólo recuerdo una cuna que era toda de metal y cuyo colchón tenía dibujado dibujitos de críos jugando con la pelota… también recuerdo la boda de mi tía y el pantaloncito marrón que no me gustaba nada… 🙂 En fin… como divagación del día ya está bien.

Domingo

Domingo

Domingo. Después de depositar delicadamente dos docenas de dalias donde Diana dormía, Daniel decidió dejarla. Dos dedos delgados, deliciosos, de Diana, descansaban detrás del drapeado dosel.
‘Dick dice disparates -discurrió-. Duerme, dulce Diana. Dentro de diez días descubrirás dónde debí dirigirme.’ Dolorido, desesperado, Daniel deambuló dejando Detroit. Diana despertó.
Desperezándose, dijo: ‘¿Dalias? ¡Doscientos dólares debió dejarme!
¡Degenerado!’ Destapó dos damajuanas dietéticas, deglutió diez damascos, deshojó doce dalias… Disparó… Detroit dormía.

Sábado

Sábado

Sábado. Siniestros sonidos surcaban sombríamente Salamanca.
Sintiéndose solitario, Sergio, sentado sobre su suntuoso sofá, suspiró, sopló, salpicó saliva.
Saltó súbitamente. Sordos silbidos sonaban. Susurro sigiloso: ‘Soy Silvia’.
‘Salve’, silabeó Sergio. ‘Sonsacaré sus secretos.’ Silvia saludó, se sacó su saco satinado, soltó sus sandalias, se sentó.
Sergio sirvió sendos sakes; salchichones, saladitos, surubíes sin sal, selectas sardinas sancochadas. Silvia, sonrojada, sorbió su sake sin sonreír; sólo sentenció: ‘Soy solamente suya, Sergio. Suspenda sus sibaríticos servicios.’ Silencio. Sahumerios sutiles soplaban serenamente.
Soltó Sergio sus sentimiento.
‘Soy sincero, Silvia. Suelo soñar sus sensual sonrisa, sus sonoros suspiros, sus semejantes senos salmantinos, símil sandías…’ ‘Soso, soy sueca.’ ‘Silvia, siento singular sinsabor. Solemnemente suplico su sanción.’ ‘Subestimé su sensiblería. ¡Suélteme, sátiro senil, sanguijuela sarnosa, sapo sobrealimentado!’ Salió Silvia subrepticia. Sergio se suicidó silenciosamente.

Salu2

La afición de Niels Bohr

La afición de Niels Bohr

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Niels Bohr fue uno de los físicos más geniales de este siglo; estableció, entre otras cosas, la estructura del átomo.
George Gamow, discípulo de Niels Bohr, en su libro ‘Biografía de la Física’ publicado por Alianza Editorial, escribe lo siguiente de Niels Bohr.

Es prácticamente imposible describir a Niels Bohr a una persona que nunca haya trabajado con él, para que ésta se haga una cabal idea del profesor.
Probablemente su cualidad más característica era la lentitud de su pensamiento y comprensión.
Al atardecer, cuando un grupo de discípulos de Bohr ‘trabajaban’ en el Instituto Paa Blegdamsvejen, discutiendo los últimos problemas de la teoría de los cuantos o jugando al ping-pong en la mesa de la biblioteca, con tazas de café en ella para hacer más difícil el juego, aparecía Bohr diciendo estar muy cansado y que le gustaría ‘hacer algo’. Hacer algo significaba, indefectiblemente, ir al cine, y las únicas películas que le gustaban eran las tituladas ‘Lucha a tiros en el rancho Lazy Gee’ o ‘El jinete solitario y una muchacha sioux’. Pero era penoso ir con Bohr al cine. No podía seguir el argumento y nos preguntaba constantemente, con gran enojo del resto del público, cosas como ésta: ‘¿Es ésta la hermana del vaquero que mató de un tiro al indio que trataba de robar el ganado que pertenecía a su cuñado?’ La misma lentitud de reacción mostraba en las reuniones científicas. Muchas veces, un joven físico visitante hablaba brillantemente de sus recientes cálculos sobre algún intrincado problema de la teoría cuántica; todo el mundo comprendía claramente el razonamiento, menos Bohr. Todos empezaban entonces a explicarle la sencilla cuestión que no había entendido y en medio de la barahúnda acababa todo el mundo por no entender nada. Por último, después de mucho tiempo, Bohr comenzaba a comprender y resultaba que lo que él había comprendido sobre el problema presentado por el visitante era absolutamente distinto de lo que éste pensaba y su interpretación era la correcta, mientras que la del visitante estaba equivocada.
La afición de Bohr a las películas del Oeste se tradujo en una teoría desconocida para todos, excepto para sus compañeros de cine en aquel tiempo.
Todo el mundo sabe que en todas las películas del Oeste (al menos en el estilo de Hollywood) el ‘malo’ siempre dispara en seguida, pero el héroe es más rápido y siempre mata al bribón. Niels Bohr atribuyó este fenómeno a la diferencia entre acciones deliberadas y acciones condicionadas. El bribón ha de decidir cuándo ha de echar mano de la pistola, lo que retrasa su acción, mientras que el héroe dispara más rápidamente porque actúa sin pensar cuando ve al bribón intentar sacar la pistola. Todos discrepamos de la teoría y a la mañana siguiente el autor se fue a una tienda de juguetes para comprar un par de pistolas de cow-boy. Nosotros disparábamos sobre Bohr, que hacía de héroe, pero él nos mató a todos.
Otro ejemplo de la lentitud de pensamiento de Bohr era su poca habilidad para encontrar una rápida solución a los crucigramas. Una tarde el autor fue a la casa de campo de Bohr (al norte de Jutlandia), donde Bohr había estado trabajando todo el día con su ayudante, León Rosenfeld, en un importante trabajo sobre las relaciones de incertidumbre. Ambos, Bohr y Rosenfeld, estaban completamente agotados por el trabajo del día y, después de cenar, Bohr indicó, para descansar, resolver un crucigrama de alguna revista inglesa. La cosa no marchó muy bien y, una hora más tarde, fru Bohr (‘fru’ significa en danés señora) sugirió que debíamos irnos todos a dormir. Quién sabe a qué hora de la noche. Rosenfeld y yo, que compartíamos la habitación de invitados en el piso superior, fuimos despertados por unos golpes en la puerta. Saltamos de la cama preguntando: ‘¿Qué hay? ¿Qué ocurre?’ Entonces oímos una voz apagada a través de la puerta: ‘Soy yo, Bohr. No quiero perturbarles, pero quiero decirles que la ciudad industrial inglesa con siete letras, que termina en ich, es Ipswich.’

Crepúsculo

Crepúsculo

El otro día, gracias a que los días se acortan hasta el solsticio de invierno, tuve la oportunidad de realizar, al atardecer, un trayecto que habitualmente recorro de día o de noche. Es curioso como puede cambiar un paisaje dependiendo de donde le dé la luz.
Aparecen rincones que antes parecían no estar ahí, nuevos lugares adquieren el protagonismo, y otros lugares muy evidentes (o emblemáticos, como dicen los que gustan de poner etiquetas a las cosas) pasan a segundo plano o incluso se desvanecen.
Haz la prueba. Sitios que por los que discurres al mediodía o al amanecer, contémplalos en otro momento del día. Puede ser que los descubras de nuevo.
A mí me encanta el atardecer cuando el cielo está cubierto. La luz es tenue, gris, pero suficiente. Los colores se apagan y todo parece tener mayor contraste, como en una película en blanco y negro. Todo parece menos real y más parecido a la imaginación.
¿Nunca te has encontrado a última hora de la tarde, con el cielo totalmente encapotado excepto por una brecha hacia el oeste por el que se filtra el sol? Un sol rojo, enorme, pero que no hace daño al mirarlo. Todo está iluminado por una luz ambarina, con un fondo de nubes gris plomo. Una combinación de colores extraña e inquietante, pero maravillosa.
Un conocido mexicano me dijo: ‘Cuando llegué a España, lo que más me sorprendió fue el crepúsculo. En México amanece y anochece siempre a la misma hora y de improviso. Está en la calle y… ¡blaf! Ya es de noche. En cambio aquí, en primavera y otoño, es distinto. Tienes un rato misterioso en que no es ni de día ni de noche. Al principio no sabia que hacer. Era desconcertante.’
¿Por qué cada momento del día tiene asociado un estado de ánimo? El amanecer sugiere el nuevo comienzo, la segunda oportunidad después del fracaso. El mediodía es la vitalidad y la alegría. El atardecer es la tristeza. El crepúsculo es la melancolía, y la noche simboliza la pérdida.
Le dije que no estaba de acuerdo con esa teoría.
A mí dame el crepúsculo con su confusión y su misterio. 😉

Bonito día para escalar montañas

Bonito día para escalar montañas

«-Bonito día para escalar la montaña, Baedecker.
-Muy bonito día. Aunque no sé si llegaré a la cima.
El indio se encogió de hombros.
-Hace mucho que vivo aquí y jamás he estado en la cima. No siempre es necesario.»

Este párrafo de ‘Fases de gravedad’ de Dan Simmons me ha ayudado a recordar que cuando te marcas una meta no siempre es necesario ni bueno conseguirla… a veces, el tener la mirada fija en algo que en un principio considerabas importante hace que te olvides, o no repares, en la existencia de lo que de bueno tiene nuestro día a día.
Esas pequeñas cosas que nos ocurren y nos rodean a cada momento y que no les damos importancia: el sonido del viento meciendo las hojas de ese árbol que siempre ves cuando vas hacia el trabajo, el ver ponerse la luna sobre un cielo azul turquesa mientras esperas en la parada del autobús, la elegancia del vuelo de los cada vez más escasos pájaros mientras caminas por las calles de la ciudad, …

«Cuando sea mayor, quiero ser: feliz…» 😀