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Mes: octubre 2026

El ritmo de la guerra de Brandon Sanderson

El ritmo de la guerra de Brandon Sanderson

El ritmo de la guerra no retoma exactamente el punto en el que terminó Juramentada. Sanderson introduce un salto temporal de un año y abre el relato con el asesinato de Gavilar, esta vez desde la perspectiva de Navani Kholin. No es un simple cambio de punto de vista: volver sobre aquel acontecimiento permite descubrir matices que hasta ahora habían permanecido ocultos y, de paso, situar en primer plano a una mujer que lleva años intentando comprender los límites de la ciencia y encontrar una explicación para aquello que parece imposible.
Buena parte de la novela transcurre en dos escenarios: las alturas de Urithiru y las profundidades de Shadesmar. En ambos, Sanderson desarrolla la relación entre magia y conocimiento, amplía las posibilidades de los Radiantes y explora cómo los vínculos con los spren pueden verse afectados por el trauma y los conflictos interiores. La investigación de los fabriales adquiere aquí un protagonismo especial y deja de ser un mero recurso del mundo fantástico para convertirse en uno de los motores de la trama. En ese terreno destaca la relación entre Navani y Raboniel, una cantora enemiga cuya inteligencia y determinación dan lugar a un duelo científico en el que la curiosidad, la desconfianza y la necesidad de comprender al adversario terminan entrelazándose. Es, probablemente, uno de los hilos más interesantes del libro, tanto por sus implicaciones como por su dimensión humana.
Por otro lado, Kaladin libra una batalla que ya no puede resolver empuñando una lanza: su lucha contra la depresión adquiere un peso central y obliga al personaje a enfrentarse a sus propios límites. Shallan continúa descomponiendo y reconstruyendo su identidad a través de verdades que preferiría mantener enterradas, mientras Adolin descubre que la lealtad también puede significar cuestionar aquello en lo que siempre ha creído. Son trayectorias distintas, pero todas apuntan hacia una misma cuestión: hasta qué punto es posible seguir adelante cuando la imagen que uno tiene de sí mismo empieza a resquebrajarse. La relación entre Kaladin y Syl, junto con la camaradería de Bridge Four, conserva buena parte de la fuerza emocional que ha sostenido la saga desde sus comienzos.
Las principales debilidades aparecen en la estructura y el ritmo. La tercera parte se hace especialmente larga, con escenas que prolongan conflictos ya planteados y reiteraciones emocionales que no siempre aportan nuevos matices. Los flashbacks dedicados a Venli y Eshonai, aunque necesarios para comprender la historia de los oyentes y su transformación, resultan menos reveladores que los de Kaladin o Dalinar en entregas anteriores. El problema no es tanto lo que cuentan como el espacio que ocupan en relación con lo que aportan al conjunto. A esto se suma cierta tendencia a recapitular información que el lector ya conoce, lo que ralentiza una narración que, por momentos, parece necesitar una poda más decidida.
También cambia la forma en que Sanderson maneja el Cosmere. Lo que antes funcionaba sobre todo como un entramado de referencias y conexiones para lectores atentos empieza a adquirir una importancia directa en el desarrollo de la historia. Algunos de los giros finales resultan espectaculares, pero no todos están preparados con la misma claridad, y su impacto puede depender demasiado del conocimiento previo de otras obras del universo compartido. La expansión del Cosmere gana así en ambición, aunque corre el riesgo de convertir lo que debería ser una revelación narrativa en una recompensa reservada a quienes conocen el conjunto de la bibliografía.
Con todo, cuando Sanderson encuentra el equilibrio entre sus distintas líneas argumentales, la novela demuestra hasta qué punto domina los mecanismos de la fantasía épica. La combinación de magia y tecnología deja de ser un elemento ornamental y se convierte en una parte esencial del conflicto: investigar significa asumir riesgos, descubrir algo nuevo puede tener consecuencias irreversibles y el conocimiento no garantiza que se esté haciendo lo correcto. Las preguntas que atraviesan la historia —qué significa salvar a alguien, dónde empieza la libertad y cómo se aprende a convivir con el fracaso— surgen de las decisiones de los personajes, sin necesidad de convertirlas en discursos explícitos.
El ritmo de la guerra es una entrega ambiciosa y desigual. A veces demasiado extensa, cargada de explicaciones y menos ágil de lo que su historia permitiría, pero también capaz de llevar a sus personajes a lugares emocionalmente complejos y de transformar la construcción del mundo en parte sustancial del relato. Navani adquiere una relevancia que va mucho más allá de su papel habitual, Kaladin afronta una de sus pruebas más difíciles y Adolin demuestra que el heroísmo no siempre consiste en vencer. Quizá no sea el volumen más equilibrado de El Archivo de las Tormentas, pero sí uno de los que más amplían sus posibilidades. Sanderson sigue ensanchando los límites del Cosmere y, pese a los excesos de esta entrega, conserva una notable capacidad para hacer que un universo cada vez más vasto siga girando alrededor de algo tan concreto como las contradicciones de quienes lo habitan.